14 de julio de 2014

Caen misiles

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Escrito por Miguel Ortega.

Estas últimas semanas está ocurriendo algo catastrófico. Desde Asturias hasta Cádiz, pasando por Madrid, Barcelona, Zaragoza o Valencia, están cayendo pepinos destruyendo todo lo que pillan a su paso. Los misiles se multiplican a diario y cada vez aumenta más y más el número de muertos. Más de 101 personas, entre ellos niños, mujeres y hombres, militares o sacerdotes; todos están cayendo. Los gritos de dolor parecen uno y las madres siguen llorando (y cada vez más) las pérdidas de sus hijos.

En las calzadas hay brazos, piernas, y todo tipo de miembros humanos. Parece que la sangre brota de las aceras mientras siguen lloviendo misiles de todo tipo. Gases lacrimógenos, sonidos de metralla entre las esquinas, disparos al aire y al corazón. El otro día una niña caminando por una calle cualquiera de Toledo pisó una mina y pudo comprobar cómo se despegaban todos sus miembros uno a uno mientras se elevaba metros y metros en el aire, hasta que se convirtió en un desmontable que jamás volvería a respirar.

Ante dichos ataques la ONU no dice nada, ningún país alza la voz para que pare tal masacre. Es más, Rusia, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, sigue vendiendo armas a los atacantes porque es un negocio más, como quien vende fruta o coches, sin pensar en los nombres de las personas cuyas balas van a atravesar. La situación, por delirante que parezca, grosso modo y según estos inútiles parece controlada, y lo único que piden es tiempo para que se calmen las cosas.
Mientras tanto, desde Palestina, sus ciudadanos ven un tanto indignados la noticia. Luego cambian de canal y ponen “La que se avecina”.

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