6 de junio de 2014

Sin Educación y Cultura, la política es quimera: Aprendamos de las maestras de la Segunda República.

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Escrito por Ángela Ramos.

  Al igual que la Vetusta de Clarín, nuestro heroico país dormía la siesta. Esta vez, tras una nueva resaca futbolera, no consiguió despertarlo el último escándalo de corrupción. “Hacía la digestión del cocido de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de campana de coro”. Mientras, en los medios de comunicación,  llovían fusiles disfrazados de palabras con los que se derribaba letalmente el argumento del contrario, por el simple hecho de ser diferente. Nuestros políticos seguían llenándose la boca con la palabra democracia, pero España era el segundo país de la Unión Europea  con menos alumnos en aulas públicas. La Educación volvía a parecerse a ese oscuro desierto sobre el que tanto costó edificar tras la década de los 70, en el siglo XX.

   Nuestro país se ha convertido en un crisol de desconciertos e incoherencias en el que, paradógicamente, florecen aplausos por doquier cada vez que se menciona la figura de Lorca, Machado, Neruda o García Márquez. El asesinato del dramaturgo granadino o el exilio del profesor  sevillano están  en auge, aunque algunos libros insistan en que aquello no ocurrió,  gracias a la inmediatez con la que se acumulan los  artículos o las fotografías sobre la vida de estos. Tristemente, los grandes maestros del arte y de la palabra  solo son recordados,  por  una gran parte de la sociedad, como “héroes políticos”. Se han transformado en  la campaña publicitaria perfecta para promocionar un nuevo concepto de política bajo la premisa del “todo vale”. Pero, los  espectáculos también  tienen un fin: La brillante ejecución de muchos titiriteros mediáticos, de afilada pluma partidista, concluye cuando les invitas a asistir a un recital de poesía o a una obra de teatro de su tan aclamado escritor. Muchos, no solo declinan la invitación,  ni siquiera muestran el más mínimo interés por el evento cultural. Y así, el telón cae de golpe.

 Al hilo de lo expuesto, hace poco, me paré  ante la reflexión de mi amigo, el compositor David Hurtado: “Dejen ya de inundar las redes sociales con citas  de autores que, probablemente, ni siquiera han leído. El mejor homenaje que podemos hacerle a un escritor es leer su obra”. Y el desplante más terrible es politizarla sin conocerla, pensé yo. Porque tener  “memoria histórica” es importante  para no repetir los errores del pasado. Pero si contribuimos  a que se sigan fusilando ideas, la “memoria histórica” se convierte en fachada o demagogia. En definitiva, pura hipocresía oportunista.

Cuando yo leí mi primer poema de Neruda era una niña. Recuerdo que me quedé absorta. No era capaz de articular palabra. Nada me importaba  si la persona que lo había escrito era blanca, negra, mujer, hombre, y, mucho menos, cuál era su ideología política. Lo único que yo deseaba era seguir leyendo otros muchos textos suyos. Entonces entendí que los escritores pasaban a la Historia gracias a  su creatividad, un concepto que actualmente carece del respeto que debería poseer. Hoy nos empeñamos, erróneamente,  en reforzar  aquello que nos iguala y nos aliena, convirtiéndonos en obreros al servicio del sistema, en lugar de aprender a compartir y descubrir en el otro aquello que nos diferencia, que nos hace necesarios e irrepetibles.

 A medida que fui creciendo, descubrí la manera en la que muchos escritores habían dibujado, desde una perspectiva crítica,  una sociedad que muy pocos tuvieron la valentía de entender. Ellos habían llevado la palabra Cultura hasta las más altas cotas. Pero, en pleno siglo XXI, el desprecio por la Cultura y las constantes trabas para acceder a ella son  la tónica imperante. Parece que se nos olvida  lo absurdo de elogiar a un cadáver (aunque sea el del propio García Márquez), si al mismo tiempo menospreciamos   a los docentes de este país tan masacrado por la manipulación mediática.

Hace un par de meses, trabajé el documental Las maestras de la República  con mis alumnos. El paralelismo con la realidad actual es terriblemente  sorprendente. Cada día se “depuran”, de manera metafórica, profesores,  en nuestra querida Escuela Pública. Lo grave de este asunto es que esta “depuración”  no solo la realiza el Gobierno mediante los constantes recortes en derechos, el ninguneo administrativo o los  cambios de leyes  en las que no se tiene en cuenta ni la realidad de las aulas ni a los profesores.  La  perversión reside en que  la peor “depuración” de la Escuela Pública  la realizamos nosotros, como sociedad. Permitimos y justificamos agresiones verbales y físicas  en las aulas, silenciamos actitudes sexistas, hacemos la vista gorda ante las situaciones de acoso y cuestionamos  la labor del profesorado. En muchas ocasiones, los docentes tienen que justificar  su trabajo ante aquellos padres que miran con recelo las bajas calificaciones de sus hijos mientras señalan a los profesores como únicos y auténticos “culpables”. Por otra parte, la tasa de paro o los infinitos  traslados de compañeros interinos que han  obtenido la máxima calificación en un concurso-oposición, parece no importar lo suficiente. Esto sí debería ser noticia a diario.

 En la Escuela Pública, además de ejercer nuestra profesión, se nos  acumulan infinidad de tareas que realizamos, con empeño, pero  para las que no hemos opositado. Muchos de nosotros no somos ni psicólogos, ni médicos. Aún así, de manera intuitiva y con ayuda de la pedagogía, intentamos “remediar” las carencias educacionales o afectivas que nuestros alumnos traen desde casa. Pero necesitamos cada vez mayor número de herramientas que la propia sociedad nos niega. Se trata de un trabajo que realizamos desde la voluntariedad, al margen del nuestro: la docencia. Y lo hacemos con el máximo respeto, aunque requiera horas de nuestro tiempo que no están registradas en ningún documento. Todo ello, mientras nos cuesta el dinero enfermar.  

¿Qué nos impulsa entonces a seguir trabajando? Pues, precisamente, la necesidad de llevar la obra de los grandes maestros de la Cultura  a todos los hogares posibles. Porque  no es solo nuestro deber, sino el mayor privilegio del que puede gozar un docente con vocación. Más aún: el primer requisito sobre el que debe sustentarse una praxis política auténtica. El germen de esa necesidad se  encuentra en algo que no podrán arrebatarnos ni los recortes, ni el desprecio por la Educación que se respira en España. Se llama “Alma”. Ahí reside el  pilar de la Escuela.

“Alma, María, alma”, repetía el pedagogo Cossío a María Sánchez Arbós. Esta mujer, maestra y   gran desconocida para muchos, ha sido un ejemplo de lo que hoy definiríamos como Educación de calidad. Su legado, junto con el de tantos docentes republicanos, ha permitido que  nosotros  podamos tener derecho a una Escuela  y  que luchemos   por ella.  Las maestras de la República hicieron real el concepto de Solidaridad, la base de cualquier estado democrático, gracias a una apuesta firme por renovar  la Enseñanza  desde los cimientos  para cambiar la sociedad. Y lo consiguieron porque no era cuestión de tiempo, sino de creer de verdad en ello. La Escuela  era entendida como “una reunión de almas que conviven para hacerse felices unas a otras”. Para crear una Escuela había que “formar, independizar, sostener y fortalecer su alma”.  Por ello, la Segunda República inició un modelo de aprendizaje basado en la creatividad y en la innovación, palabras que suponen un auténtico reto para nuestra sociedad, tal y como subrayan destacados expertos en Educación. Ken Robinson, educador y conferencista británico, afirma en la actualidad: “No podemos incentivar la pasividad, el conformismo y la repetición. (…) La mayoría de los ciudadanos malgastan su vida haciendo cosas que no les interesan realmente, pero que creen que deben hacer para ser productivos y aceptados. Solo una minoría es feliz con su trabajo, y suelen ser quienes desafiaron la imposición de la mediocridad del sistema. Son quienes se negaron a asumir el gran error anticreativo: creer que solo unos pocos superdotados tienen talento. (…) Todos somos superdotados en algo. Se trata de descubrir en qué. La educación debe enfocarse a que encontremos nuestro elemento: la zona donde convergen nuestras capacidades y deseos con la realidad”.

 Nuestras reivindicaciones, en pleno siglo XXI,  por una Escuela Pública digna, persiguen el mismo objetivo que arrancó con fuerza en la República: una Educación que sea capaz de brindar los mismos derechos para todos. Como subrayó María Sánchez Arbós, es imprescindible educar en la Igualdad para que no se pierda “un solo talento por falta de oportunidades”. Para ello, se aplicó una  pedagogía flexible que ayudara a compaginar la mente y el corazón. Además, la Enseñanza se basaba en un modelo práctico que debía formar alumnos preparados para el futuro, con un pensamiento crítico e independiente. Como apunta Carmen García Colmenares, “La escuela no tiene que adoctrinar sino que tiene que formar”.  En plena República, aparece el lema “Más escuelas y mejores maestros”.

  En este ámbito  surge también el concepto de Coeducación, en el que reside el motor del aprendizaje para  la convivencia en  sociedad. Las palabras “tolerancia, “respeto” y “paz” adquirieron  un significado pleno que, por desgracia, hoy estamos perdiendo.
Por tanto, la labor de la República  ha dejado una honda huella en los que defendemos una Educación de calidad. Sus paradigmas siguen estando más vigentes que nunca entre aquellos que pretendemos dignificar la Enseñanza. Porque cada alumno debe ser capaz de descubrir que posee una sabiduría interior innata  y que debe compartir su visión del mundo con los otros.

 Entonces, ¿qué función cumple la Escuela con respecto al ámbito político? Resultan esclarecedoras las palabras de  María Sánchez Arbós: “Si yo quisiera expresar lo que era para mí la política, no sabría. Yo creía en la Cultura. Amaba mi profesión y me entregaba a ella con afán. Esto era Política: el deber de llevar a las escuelas el ideal de Solidaridad”.  De sus reflexiones, recogidas en diversos documentos, no solo se desprende que la Educación es el pilar de la  praxis política, sino que esta última no existe como tal  mientras no se dignifique la labor del docente y de la Escuela. Si la política es el arte de gobernar los estados, ¿de qué estado hablamos cuando no se apuesta por los valores creativos, la solidaridad, el esfuerzo y el razonamiento crítico? ¿Realmente podemos hablar de un  concepto de sociedad  evolucionada si despreciamos las reflexiones ajenas? Sin Educación, no puede surgir el germen de un estado verdaderamente democrático. Por tanto, un país que no respeta a sus docentes, está condenado al fracaso en todos sus ámbitos. Es más, cualquier tipo de praxis política no es real, es  solo una quimera.

Cuando empecé mi labor como profesora,  recopilé los textos y reflexiones de mis alumnos en un libro, que además también está ilustrado por ellos, cuyo  título es El latido del aula. Quería que las distintas voces de mis alumnos se escuchasen. Me encargué del tema de la maquetación, me puse en contacto con la editorial y pude registrar el libro.  No me importó costear la primera edición con mi dinero. Además, los beneficios económicos estaban destinados a la Asociación Nacional del Discapacitado. Después de terminar el proyecto, no solo no hemos recibido ningún tipo de subvención por parte de la Consejería de Educación para las sucesivas ediciones  sino que, pese a poseer ISBN y Depósito Legal, la propia Consejería  no lo reconoce como una publicación de interés social.  Si las voces de los alumnos no tienen interés social, ¿qué lo tiene entonces? ¿Qué futuro estamos construyendo?  

Desde la docencia, no me cansaré de luchar, tanto por ese proyecto como por otros muchos. Y seguiré teniendo presente a María Sánchez Arbós: “Cuando todo español no solo sepa leer sino que tenga ansias de leer y de divertirse leyendo, habrá una nueva España”. Pienso que cuando seamos capaces de escuchar  las voces de los otros, habremos dado el primer paso para una auténtica democracia.

Ángela Ramos Nieto. Profesora de Lengua castellana y Literatura.



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