7 de junio de 2014

Premio Nobel

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Escrito por Miguel Ortega.

Imagínense que le invitan a una cena de gala. A la entrega de un nobel, por ejemplo. Cenarán con el recién resucitado Márquez, Vargas Llosa, Munroe, etc, y les dicen que tienen que vestir de traje. Todos iríamos a buscar nuestra mejor etiqueta al armario, nuestro cinturón más elegante y a limpiar los zapatos como locos.

Una vez en la cena, te sientas en tu sitio; llegas el último y observas al resto. A un lado Mo Yan, al otro Herta Müller. Sigues anonadado, escuchando conversaciones a un nivel muy por encima del común, del nivel de la calle y los bares a los que uno acostumbra. De repente, suena una campana. Un ligero pero intenso “clinc” que desata la euforia. Los caballeros se quitan las corbatas y las damas se recogen el pelo. Todos se han vuelto locos y empiezan a comer como cerdos, directamente con la boca del plato, sin utilizar los cubiertos, únicamente con el objetivo de devorar hasta el último gramo de comida que hubiere en el plato. Los miras sorprendido y a la vez asustado, no sabes que narices pasa, y al final, sales corriendo como alma que lleva el diablo porque no te explicas nada. Solo quieres llegar de nuevo a casa. Pues algo así nos pasa ahora.

Es cierto que las formas no son tan importantes, pero hay que mantenerlas. Los Nobel van a seguir siéndolo. Van a seguir teniendo un nivel cultural muy por encima de la media y van a poder seguir manteniendo conversaciones increíblemente lúcidas, pero sería muy impresionante ver esa imagen de todos comiendo como si no hubieran comido en su vida.

Realmente, no es tan importante una Monarquía o una República. La gente va a seguir en paro, la pobreza en las familias va a seguir aumentando y la desnutrición infantil no dejará de acelerar; pero al menos no tendremos un jefe de Estado que lo sea por haber sido el espermatozoide más rápido.

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