22 de junio de 2014

País sin ideas

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Escrito por Miguel Ortega.

En la España unida y diversa, cabemos todos. Cabemos los catalanes, los vascos, los gallegos, los andaluces, los madrileños, y todos los que no tengan el morado en sus almas. En el país del no entender, del no respetar, y del hablar, todos entienden escuchan y hablan obviedades y sandeces. Todos escuchan que la patronal es la que está sacando a este país de la crisis, porque son los empresarios quienes invierten en nuestra nación. Todos entienden que los sindicatos y los partidos de la izquierda son los que nos han metido en un atolladero financiero, un pozo sin fondo del que no se encuentra la salida. Todos hablan de lo necesaria que es la Monarquía para la estabilidad de un país por definición inestable, y de lo necesaria que es la regeneración democrática con una cara nueva, una más joven, que diga absolutamente lo mismo pero que se le pueda entender cuando habla.

Pero nadie escucha que en Huelva, con unas previsiones turísticas envidiables, los empresarios pretenden que sus empleados trabajen seis días en semana por 600 euros el mes. Nadie entiende que el verdadero pecado de la izquierda en España no ha sido meterse en un pozo negro financiero del que parece no haber salida, sino el continuar con una sociedad mercantilista donde prima el bolsillo a las ideas; véanse los Presupuestos Generales del Estado “de cuando había dinero”, y verá que I+D era una preocupación más bien secundaria, si no terciaria o cuaternaria. Y sobretodo y con motivo de la proclamación de nuestro nuevo rey (importante distinguir proclamación de elección), todo el mundo habla de nada; de una regeneración que solo lo tiene de apodo. No hay regeneración si nuestro hombre de Estado lo es por ser el espermatozoide más rápido, ni es necesaria la estabilidad en un país que en sí es estable, salvo por los hombres de verde que en el pasado pretendían liberar a España de la libertad.

España, esa pescadilla que se muerde la cola. Esa economía consumista donde no se consume, esos políticos que no dialogan, esa sociedad que traga y traga y nunca escupe, y nunca piensa. Esos hombres, los de Estado, premiados por su sangre y no por sus ideas.

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