5 de mayo de 2014

Una casta

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Escrito por Miguel Ortega.

Abdelmalik, delegado de gobierno en Melilla, es un señor (si no resulta insultante para los señores de verdad) que dice que un mechero en manos de un tío indefenso subido a una valla, hay que apagarlo con un extintor; que a ver si es que el policía iba a tener que soplar. Pero no es el único en decir barbaridades -pensar eso es como decir “voy a cortarme las uñas de los pies a machetazos”-, si no que es una casta. Igual que él, otros de su estirpe dicen que sobran profesores o que ven brotes verdes en los pelos de sus piernas. Otros dicen que oye, que a lo mejor el cine español no es tan bueno o que sí, por supuesto, vamos a reducir impuestos y a estimular el empleo. Esta casta incluye el no no, yo no he cogido ni un euro del dinero público y el no, qué va, no hemos acabado con la dependencia. Hemos hecho unos apaños. Esta casta es como el “cluedo”: todos mienten. Todos dicen una sarta de estupideces en los medios de comunicación confiados en que nosotros, lectores y paseantes de la televisión a la hora de comer, seamos tan tontos como ellos. Además, lo dicen tranquilos. Lo dicen convencidos, pensando que no se ha grabado y que no lo podemos ver o que no nos enteraremos por los informativos. Es como si creyeran que todavía no se han inventado la cámaras de vídeo o las grabadoras; pero por mucho que nos intenten llevar a los ´70 en cuanto a derechos sociales, no pueden acabar con la tecnología.

En fin, Abdelmalik. Quizá si pasaras una semana en la situación de esos cientos de subsaharianos, sirios, centro africanos, etc., pensarías de otro modo. Pensarías, por ejemplo, que no está bien bañar en nieve carbónica a alguien por defenderse con la llama de un mechero. O quizá solo pensarías antes de hablar, que con eso basta.

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