19 de abril de 2014

Gabriel García Márquez o el poder de la palabra

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Escrito por Ángela Ramos Nieto, profesora de Lengua castellana y Literatura.   

Apenas tenía veinte años cuando mi profesor de Literatura Hispanoamericana, Alfonso García Morales, nos pidió una reflexión sobre la obra Cien años de Soledad. Hasta ese momento, yo solo conocía algunos de los libros de García Márquez: Crónica de una muerte anunciada, Relatos de un náufrago, Doce cuentos peregrinos y El coronel no tiene quien le escriba. Pero me resultaba una auténtica aventura adentrarme en un universo tan plural como el que yo intuía que nos presentaría esta novela del Premio Nobel. No creía que estuviese preparada para abordar una obra de semejante magnitud. Sin embrago, el reto me encantó y lo acepté. Dos semanas más tarde, el libro se encontraba en mi mesita de noche, junto a una extensa bibliografía recomendada, lleno de miles de anotaciones, cientos de palabras subrayadas y muchos enigmas por descifrar. Me encontré con la reinvención de la Biblia, contada desde el Génesis hasta el Apocalipsis; descubrí, no solo la historia de Colombia, sino el amplísimo cosmos hispanoamericano: el crisol de culturas, la lucha por el poder, la neocolonización llevada a cabo por el capital extranjero y las guerras de Latinoamérica, entre otros. Entonces, entendí por qué Carlos Fuentes se había referido a este libro como “El Quijote americano” y empecé a tener conciencia de la diversidad de interpretaciones que existían para esta obra que funde, como ninguna otra, la mejor técnica narrativa con los elementos simbólicos más transgresores de la poesía.

Natali Mel Gowland no pudo expresarlo mejor en su estudio: “Cuando recorremos Macondo en su extensión espacial y a lo largo de sus cien años de vida, nos encontramos con una ciudad a medio camino entre lo maravilloso y lo real, entre lo cotidiano y lo imposible, hasta al fin adentrarnos en una realidad inventada, total y autónoma, que no es otra cosa que un microcosmos de Latinoamérica”. Por otra parte, el tema del sexo y el incesto, abordado desde el miedo y la culpa, como muy bien recreó María Isabel Navas Ocaña en Las mujeres en cien años de Soledad, impregnan la obra de erotismo. Al hilo de lo expuesto por Marcela María Raggio en su magistral ensayo, es el carácter mágico, junto con la amplísima simbología, lo que confiere una unidad no solo a este libro sino a toda la obra de García Márquez. Él sabía desde el principio lo que quería: “Tenía la idea de escribir una novela que lo contase todo”. Aunque ya había publicado con éxito cuatro novelas, Mercedes y él atravesaban serios problemas económicos. Aún así, con 38 años de edad, Gabo dedicó 18 meses de su vida a esta gran obra. “Y otro libro sería cómo sobrevivíamos Mercedes y yo con dos hijos en ese tiempo en que no gané ni un centavo”.

Pero Cien años de Soledad no es solo una obra excelente desde un punto de vista lingüístico; total, en cuanto a la infinidad de sus temas; cerrada y completa, con respecto a personajes, desarrollo y estructura. Más allá de lo expuesto, traspasa los límites de la historia y la literatura, se convierte en una filosofía de vida y una profunda reflexión sobre la identidad humana que se define y se reinventa a través del lenguaje. La crónica de los Buendía supera con creces la recreación bíblica y se convierte en la Historia capaz de narrar cualquier historia. Nace a través de la sensibilidad de un visionario que recuerda la casa de su madre en Aracataca, un pueblo convertido en 1950 en un espacio sin lugar ni tiempo, el escenario real de Macondo. Por otra parte es el recuerdo de la niñez de Gabo, un homenaje a los cuentos de sus antepasados. Pero, sobre todo, es un compromiso con la humanidad que no tiene precedentes en la narrativa en lengua hispana.

Hay un fragmento en el libro que es la clave de todos los estudios posteriores que se han realizado sobre identidad y lenguaje: La peste del insomnio que conlleva la peste del olvido. Como muy bien expone Elizabeth Montes Garcés en Los olvidados de Cien años de Soledad, “la palabra y el silencio, la memoria y el olvido, lo masculino y lo femenino se enfrentan en esta lucha sin cuartel durante la peste del insomnio, enfrentamiento que solamente se resuelve con la llegada de Melquíades”. Rebeca introduce los síntomas de la peste. Los habitantes de Macondo ya no recuerdan a los miles de huelguistas asesinados por la irrupción de la compañía bananera, ni las casas pintadas de azul, como símbolo del imperialismo capitalista que devasta la aldea. El lenguaje inicia su proceso de desarticulación para concluir con la destrucción de la realidad. Resulta esclarecedor al respecto este fragmento de la obra:

“Así, continuaron viviendo en una realidad escurridiza momentáneamente capturada por palabras, pero que había de fugarse cuando olvidaron los valores de la letra escrita”.

La peste del insomnio se convierte así en el discurso de los marginados que, por carecer de memoria, están condenados a olvidar inevitablemente el significado de las palabras y, por tanto, obligados a perder su identidad. La enfermedad que Rebeca contagia a los habitantes de Macondo es la misma que sufren hoy millones de personas en el mundo: seres humanos a los que les han arrebatado el derecho a conocer su historia, a los que les han impuesto un modelo de vida que les priva de libertad para pensar y para elegir, a los que les han negado el conocimiento de la palabra escrita y, por tanto, el acceso a la Cultura. Vivimos condenados a olvidar. Solo el lenguaje, convertido en realidad concreta a través de las diferentes lenguas, puede rescatarnos de esta enfermedad o sumirnos en ella para siempre mientras permitamos que otros construyan nuestras palabras. Gabo ha hecho presente esta realidad en la mayoría de sus discursos mediante guiños recurrentes a sus lectores. Por ejemplo, en su ensayo Botella al mar para el dios de las palabras:

“A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ‘¡Cuidado! ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?’. Ese día lo supe”.

Nebrija afirmó en el prólogo de la gramática castellana que publicó en 1492: “La lengua fue compañera del Imperio y de tal manera lo siguió”. Sin embargo, García Márquez nos demuestra que la palabra es capaz de adelantar al Imperio e inventar la propia realidad, ya que toda la historia de Macondo estaba escrita en los pergaminos de Melquíades. Solo había que saber descifrarlos. El lenguaje es el único medio de salvar al ser humano del mayor estigma: el olvido que conduce a la Soledad.


       

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