31 de marzo de 2014

Corrigiendo el 15M

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Un artículo de Cristina Barrial

Para mí, y para mucha gente de mi edad, el 15 de mayo del 2011 fue un punto de inflexión. Muchos jóvenes aún no militantes ni organizados vimos en el movimiento 15M la oportunidad ideal para acercarnos a una plaza y reafirmarnos en nuestra indignación. Algunos de nosotros ya veníamos interesándonos por la política desde hacía tiempo sin materializarlo de ninguna manera más que en algún escrito, en alguna conversación y en las siempre constantes ganas de seguir aprendiendo. Otros, simplemente se pasaron un día por curiosidad, y terminaron quedándose.

Recuerdo aquella época con especial cariño, y de vez en cuando añoro las tardes de debate intergeneracional en las que nos pasábamos horas escuchando a personas que nos ganaban en experiencia, quizá no en ganas. Las tardes de caceroladas, de biblioteca del pueblo, de carteles y pancartas. La inocencia nos hacía dar el lema “ni izquierdas ni derechas” por bueno, aún con algunas reticencias, mientras que en las manifestaciones sólo podían verse banderas amarillas: las siglas estaban terminantemente prohibidas. Recuerdo las sentadas en círculo, coronadas por el micro, al que todo el mundo podía acceder. Sin embargo, también recuerdo lo que nadie quería oír, y es que la plaza a menudo silenciaba los temas incómodos. No era lo normal salirse de los términos listas abiertas y corrupción. Quien iba un poco más allá y recurría a términos como capitalismo – y demás ismos – recibía el movimiento giratorio de brazos de la multitud: se había terminado el turno de palabra.

Es por eso que veo imprescindible que el movimiento que surgirá a partir de las Marchas de la Dignidad, -en el que está involucrado su predecesor 15M casi al completo- corrija las carencias que, tres años después, me cuesta creer que haya podido pasar por alto e incluso, en cierta manera, compartir. El 22 de marzo, por las calles de Madrid, retumbaba un grito: “Que viva la lucha de la clase obrera”. Ya no éramos ciudadanos, éramos clase obrera que gritaba “No pasarán” por la calle Alcalá. No éramos solamente los de abajo, o el 99%: eramos antifascistas, y no nos daba miedo admitirlo. Éramos banderas de la CGT, PCE, la republicana. Esteladas, estreleiras, asturinas e ikurriñas. Y nadie se sentía ofendido por ello.


No sé qué depararán las futuras acampadas en apoyo a las detenciones, ni si se alargarán de forma indefinida. Sólo sé que estaré, mientras la rabia y la conciencia de clase que vi en Madrid sigan palpables, y mientras no decaiga todo en un eterno debate no constructivo, en huertos ecológicos y en batucadas. Argala bien dijo: “la burguesía, a través del estado español, nos ha puesto la bota encima y nadie va a conseguir que nos la quite por la buenas. Ante ello, solo caben dos posturas: o aguantamos pisados por los siglos de los siglos, o peleamos para liberarnos de ella. Cada cual decida lo que prefiera .Pero el que decida aguantar pisado, por lo menos, que no moleste a quien desea liberarse, porque cuando este lo logre, el logro será para todos". Quizá el 15M de la resistencia pacífica deba dejar paso al 22M de la acción directa.

Unión de siglas en el 22M

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