5 de marzo de 2014

Aquí sigue oliendo a azufre, Comandante

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Un artículo de Cristina Barrial

“Aquí huele a azufre”, dijo Hugo Chávez en la Asamblea General de las Naciones Unidas. El diablo –refiriéndose a George Bush- había estado en la misma mesa que ahora él presidía con un libro de Noam Chomsky en la mano.  Azufre que recuerda a Washington, que no es más que el olor del imperialismo, de la pretensión del Norte de dominar el Sur. “Es eso lo que me obliga a rebelarme desde 1492”.


Hace un año lloró una mujer. La vi en una de tantas imágenes que se publicaron ese cinco de marzo. No sé su historia, no podría hablar de su Caracas natal ni de su condena a la miseria durante su infancia. Su adolescencia. Gran parte de su madurez. Pero la imagino valiente, gritando, un 27 de febrero de 1989. Formando parte de lo que se llamaría caracazo, del pueblo venezolano diciendo no a Carlos Andrés Pérez ante su intención de vender el país al FMI y ejecutar su paquete de medidas neoliberales. El caracazo, que no sería más que una demostración de fuerzas, una ruptura social del pueblo venezolano con la clase dominante. También una muestra de represión. Ya se sabe, decía Hugo Chávez que “cuando se desata el huracán revolucionario, no hay manera”.

Estoy segura de que esa mujer formaba parte por aquel entonces de ese cruel porcentaje, el 80% de la población venezolana que vivía en la pobreza. La imagino expectante, el 4 de febrero de 1992, ante el levantamiento militar a cuyo frente estaría Hugo Chávez. Un levantamiento del que ni el ahora presidente Nicolás Maduro se fiaba, por la usual tendencia en América Latina de que estos siempre fueran de derechas. En cuanto comprobó que no estaba en lo cierto, se acercó a la cárcel en la que Chávez se pasaría dos años. “Yo quiero trabajar contigo”. Y lo hizo. Un joven Nicolás Maduro que desde los doce años ya militaba en Ruptura, después en Liga Socialista, y al que algunos, aún hoy, no cesan en desprestigiar por haber sido toda su vida un simple chófer, un autobusero. Un autobusero con las cosas claras: crear fuerza sindical en todas aquellas empresas fundamentales para el Estado.

Esa mujer que aparece llorando en aquella foto se dirigió, seguramente por primera vez, a un colegio electoral el 6 de diciembre de 1998. Tenía una sonrisa en la boca, al fin podía ver reflejadas sus necesidades en el programa y la voluntad de un líder político. Esa mujer votó al MVR 200. Votó a Chávez. Y desde entonces no paró de votar. Porque el que, aún después de muerto, se encargan de tildar de dictador, tenía una extraña manía por la convocatoria de elecciones para la ratificación de la legitimidad de su presidencia. Extrañas manías de dictadores. Esa mujer apoyó la Constitución de 1999, la que era el primer objetivo cumplido del Comandante para recuperar la soberanía popular, ya que la de 1961 no era más que papel mojado. Apoyó una Constitución que, entre otras cosas, al fin reconocía a las minorías indígenas. Puede que ella lo fuera.

Esa mujer se alegró cuando Hugo Chávez, en febrero de 2002, anunció que los beneficios del petróleo serían redistribuídos entre el 80% de la población que siempre había sido excluída en su disfrute. Sin embargo, Pedro Carmona, el presidente de la Federación de Comercio más grande de Venezuela, y Carlos Ortega, líder de CTV,  dirigieron la mirada a EEUU, se reunieron con altos funcionarios de la administración de Bush y ordenaron ejecutar la maniobra. En abril de ese mismo año, una manifestación opositora cambió su recorrido para buscar el conflicto con la multitudinaria muchedumbre que apoyaba a Hugo Chávez en el exterior del  Palacio Presidencial. El enfrentamiento, que se saldó con un tiroteo del que se acusaría al Gobierno de Hugo Chávez –y cuya falsedad se comprobaría después- desembocó en un golpe de Estado y el secuestro durante horas del Presidente. La televisión pública dejó de emitir. Los medios privados desinformaban que Hugo Chávez había dimitido.

La mujer que vi llorando hace un año formó parte de la marea humana, respaldada por las fuerzas militares, que salió a la calle a pedir la vuelta del presidente. Una vuelta que no habría sido posible sin esas olas rojas que no cedieron ante otro de los ataques imperialistas que su tierra volvía a sufrir. Un pueblo que comenzaba a verse pueblo, a creerse pueblo. A enorgullecerse.

Esa mujer es una de tantas mujeres que han vivido y siguen viviendo la Revolución Bolivariana, una revolución permanente. Es una cifra de las estadísticas. Una de esas 1.500.000 personas que aprendieron a leer con el método cubano “Yo sí puedo” y que hoy puede presumir de vivir en una tierra libre de analfabetismo desde el 2005. De vivir en el territorio con menos desigualdad social de toda América Latina, con un desempleo de un 7% y un salario que ha aumentado un 2000% en 12 años. Quizá su domicilio sea una de las 700.000 viviendas sociales que se han construido durante la Revolución. Quizá haya recibido un tratamiento médico gratuito gracias a la cobertura universal de la sanidad venezolana. Quizá sea, en definitiva, una de tantas que vive dignamente en esa cruel dictadura.

Esa mujer lloraba, hace un año, como lloraban todos aquellos que se acercaron a despedirse del Comandante Hugo Chávez durante la semana posterior a su muerte. Lloraban abuelos, nietos. También aquel militar que vigilaba el féretro, con postura impasible, metálica, pero con lágrimas en los ojos. Como aquellos que se endurecen sin perder la ternura. Y no entienden, quienes tildan esta profunda tristeza de fanatismo, que llorar por la ausencia de Chávez es llorar porque quien puso delante del pueblo venezolano el espejo donde debía mirarse sin complejos no verá todos los logros que quedan por alcanzar, y que se alcanzarán.


“La vida es corta, no sé cuándo la perderé”, decía Simón Bolívar, preocupado por haber arado en el mar. Pero tú no has arado en el mar. Tú, que ya no eres tú, que ya eres pueblo – como Gaitán - has arado en la tierra, y los frutos siguen recogiéndose. Te has ido, pero aquí se queda un pueblo culto, en tu insistencia por no desprestigiar la teoría frente a la práctica. Un pueblo culto que lo tiene claro: la lucha sigue. Hasta que ya no huela a azufre. 
Fuente: aljazeera.com


Texto original: Lacolumna.cat

1 comentario:

  1. Esa mujer, debe seguir llorando, cada vez que va a comprar algun producto de la cesta basica; esa mujer debe seguir llorando cuando lee los comentarios del actual ministro de educación donde indica que no quiere convertir a los pobres en clase media, "escualidos"; esa mujer debe llorar los muertos de cada fin de semana, que se han incrementado de forma exponencial, siendo Venezuela uno de los paises mas inseguros del mundo, con mas muertos que paises en guerrar. Esa mujer debe llorar tambien, por tener la inflación mas alta del mundo, esa mujer debe llorar por estar en una nacion con ingresos gigantescos en los ultimos 15 años, pero sin poder comprar lo que se quiere... tantas cosas para llorar y todo gracias al gigante de america, que se le ocurrio pisar este hermoso pais.

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