5 de febrero de 2014

La obsolescencia programada

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Escrito por Eduardo Garzón.

En un artículo anterior estudiamos la relación entre ciclos de producción y ciclos de consumo en un sistema económico capitalista. La tecnología ha llevado a un acortamiento de los ciclos de producción (por ejemplo, ahora es posible producir un coche en mucho menos tiempo que antes) y eso ha supuesto un mayor crecimiento de la oferta potencial: se pueden producir muchos más coches al año. Lo que significa que se pueden vender más coches al año. Pero para que todo esto funcione en el marco del sistema capitalista es necesario también que el ciclo de consumo se reduzca igualmente a la misma velocidad, es decir, que no basta con que se produzcan más coches al año sino que también se tienen que vender de forma efectiva (o deviene la crisis).

Entre todas las vía que existen para resolver el problema del excedente de producción ahora vamos a hacer referencia a la obsolescencia programada. Esta vía no es tan antigua como la venta de productos en nuevos mercados, sino que se entiende que surgió a raíz de los éxitos en niveles de producción logrados por las prácticas fordistas allá en la segunda década del siglo XX. No obstante, en los últimos años esta práctica se ha intensificado como consecuencia de los nuevos adelantos tecnológicos, como explicaremos enseguida.
En este caso no se trata de buscar nuevos consumidores para que compren los productos que quedan acumulados en el almacén como en el caso de la venta en nuevos mercados, sino que la estrategia va destinada a esos mismos clientes que ya compraron una vez en la empresa en cuestión. El asunto es muy simple: puesto que los consumidores no volverán a comprar el mismo producto hasta que el que compraron deje de servirles, lo que se busca es que la vida útil de los productos fabricados sea lo más pequeña posible. De esta forma los productos quedarán defectuosos o se volverán inservibles en menos tiempo de lo que podría ser en condiciones normales. Se obliga así al consumidor a tener que volver a comprar de nuevo el producto puesto que el primero que adquirieron ya no les sirve.

Siguiendo nuestro ejemplo de la fábrica de automóviles, los fabricantes se las ingeniarían para que los coches se estropearan en un periodo inferior a lo normal. En el proceso de fabricación se actuaría para que uno o más elementos del coche tuvieran una vida ya programada desde el principio. Reduciendo la vida útil del coche obligarían a los clientes a volver a comprar otro vehículo, aliviando así la situación de exceso de producción en las fábricas. Este ejemplo es muy apropiado porque hoy día los fabricantes de automóviles son de los que más recurren a esta vía para vender su producción. Por todos es conocido que los coches actuales duran menos que los que se fabricaban hace sesenta años, cuando aún no se fabricaban teniendo en cuenta la obsolescencia programada. Un buen ejemplo de ello lo conforman los automóviles de Cuba, los cuales están todavía en buen estado, mientras que los coches más recientes son sometidos a revisión de ITV cada año al ser considerados productos viejos y obsoletos [1].

Pero no es necesario que todo el vehículo quede inservible para solucionar parte de los problemas a los vendedores de coches. Otra forma de seguir vendiendo lo que se produce es programándole a alguno de los elementos del producto final una vida inferior a lo normal. Si, digamos, el volante queda defectuoso por esta razón, el propietario del coche se verá obligado a comprar otro volante para poder seguir utilizando el vehículo (que, salvo el volante, seguiría en buen estado). Y puesto que el volante adecuado solo se lo puede comprar a los mismos que han fabricado el coche, estos se aseguran nuevas ventas.

Además, la estructura de los vehículos y la articulación de todos sus elementos integradores son tan complejas, que en ocasiones la simple reparación de un pequeño circuito en el vehículo puede salir a un precio tan desorbitado que no compense en absoluto la reparación, instando de esta forma al cliente a hacerse con un nuevo coche que al menos durante un tiempo –pensará él– no le dará ningún problema. Fijémonos por ejemplo en las ventanillas de los coches. Antiguamente el usuario del coche elevaba o hacía descender las ventanillas a través de una manivela manual cuyo coste, en caso de reparación, no era muy elevado ya que el mecanismo era bastante simple. Sin embargo, con la llegada de los elevalunas eléctricos el mecanismo se hizo más complejo y a la vez más sensible a roturas, por lo que la reparación se volvió más frecuente y también mucho más costosa. Esta simple innovación, que en principio parece otorgar sólo ventajas, se convirtió en uno de los elementos que favorecen la obsolescencia programada y con ella la colocación de los productos fabricados en el mercado.

No sólo los automóviles son fabricados teniendo en cuenta la obsolescencia programa. Cualquier tipo de producto electrónico es susceptible de sufrir un acortamiento planificado de vida: las lavadoras, las neveras, los lavavajillas, las impresoras, los ordenadores portátiles, los televisores, las bombillas, etc.

Un ejemplo paradigmático es el que representa una bombilla de un parque de bomberos en California, Estados Unidos. A diferencia de las bombillas incandescentes de nuestro tiempo que tienen una vida media de entre 750 y 2.000 horas, esta famosa bombilla lleva funcionando más de 800.000 horas, concretamente desde el año 1901[2]. Incluso las bombillas fluorescentes, consideradas de larga duración, gozan solamente de unas 20.000 horas de vida. Este caso demuestra que el ser humano posee la capacidad tecnológica suficiente para construir bombillas que puedan durar muchísimos más años de lo que duran las bombillas que encontramos en las tiendas. Y no las encontramos en las tiendas porque todas ellas han sido fabricadas según la lógica de la obsolescencia programada. Es fácil entender que si todas las bombillas que se fabricasen tuvieran la misma vida que la bombilla centenaria que hemos mencionado, los fabricantes de bombillas hace mucho tiempo que habrían tenido que cerrar el negocio por falta de ventas. No hay nada más perjudicial para las empresas capitalistas que vender un producto que tenga una vida útil tan extendida. Y por eso mismo necesitan acortar la vida de los artículos que fabrican y venden. Los primeros fabricantes de bombillas lo sabían muy bien y por eso en 1924 pactaron entre ellos limitar la vida útil de sus bombillas a 1000 horas, a pesar de que ya en 1911 se anunciaban bombillas con una duración certificada de 2500 horas[3].

Pero no sólo lo sabían los fabricantes de bombillas, sino que lo sabían todos los empresarios que empezaron a encontrarse con excedentes de producción debido al fordismo. De hecho, una influyente revista de publicidad norteamericana publicó ya en 1928 lo siguiente: "un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios"[4].

Así las cosas, la obsolescencia programada resultó ser una eficaz forma para dar salida a los productos excedentes de las empresas y así poder continuar el ciclo de acumulación. Esta solución no parece venir aparejada a más inconvenientes que los que supone una reducción de la capacidad adquisitiva de los consumidores (al tener que realizar más compras y por lo tanto gastar más dinero), pero lo cierto es que esconde un problema de envergadura descomunal relacionada con los recursos limitados del planeta y la contaminación del mismo.

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