2 de enero de 2014

Distintos pero iguales

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Escrito por Ángela Ramos.

Con la nueva ley del aborto en España, las alarmas han vuelto a dispararse en Europa. El periódico londinense The Times acusa a Rajoy de “abuso de poder” y argumenta: “Una sociedad constitucional no se inmiscuye en zonas de criterio personal que la mayoría de los ciudadanos considera que se tienen que decidir dentro de las familias. La ingeniería social es una práctica de los gobiernos autocráticos”. En Italia, los titulares de los medios hablan de “vuelta al pasado de Rajoy”. Por otra parte, el diario francés Le Monde asegura que se trata de “otra concesión al ala dura” del Partido Popular y “a las reivindicaciones del Episcopado católico”. Más contundente, si cabe, se muestra la prensa alemana: Die Welt afirma que “La ley del aborto es la constatación de que las restricciones en el derecho de manifestación aprobadas a primeros de mes (dentro de la ley de seguridad ciudadana) solo fueron un primer paso”.

Sin embargo, en España, pocas han sido las voces que han sabido rebatir con argumentos serios la nueva propuesta del ministro de Justicia. Resulta sorprendente que un grupo de mujeres que se autodenominan feministas no encuentren una mejor respuesta para Gallardón que la que se ha disparado en las redes sociales estos días: “Mi bombo es mío”. Pues claro que tu bombo es tuyo. ¿Alguien puede dudar eso si conoce la historia de España? Cada vez que leía la expresión un nuevo escalofrío me recorría el cuerpo… Entonces mi mente revivía la historia narrada por distintas generaciones sobre una abuela o bisabuela actual que, tras casarse, vivía en la España de la posguerra. Esa mujer que, como mula de carga, entraba en el corral –el espacio que existe aún en muchas casas antiguas- para lavar la ropa de toda la familia cuando solo le faltaban pocos días para parir, sin poder apenas sostenerse en pie. Esa señora andaluza, cuando llegaba el calor, tenía que trabajar completamente sola de sol a sol en las tareas domésticas, mientras sujetaba a duras penas un cesto enorme repleto de ropa sucia y sacaba un pañuelo para intentar que el sudor no le entrase en los ojos. Ella entendía perfectamente que no solo era suyo el bombo de la colada, sino que también lo era el bombo que crecía en su cuerpo. Era la costumbre, la educación vigente en el momento y no quedaba otra que asumirlo con satisfacción o resignarse. Aquella mujer esperaba a que su esposo llegara de arar el campo, de tomarse una cervecita fresquita con los amigos del barrio o de tirarle los tejos a alguna muchachita de quince años que quizá hubiera tenido que apartarlo con un buen empujón o incluso un bofetón, si llegaba el caso. Y aquella abuela, entonces aún joven aunque arrugada por el sol, terminaba de deshacerse en la cocina entre fogones: un poco de aceite, pan, patatas y huevos, en el mejor de los casos. Estaba rodeada siempre de tres o cuatro niños que le jalaban las faldas porque ya era tarde, el hambre los exasperaba y el señor de la casa aún no había llegado.

Su mirada ausente se clavaba en los azulejos de aquella cocina mientas los niños correteaban a su alrededor y ella recordaba, con miedo, su último aborto natural causado por un exceso de esfuerzo, falta de descanso o una mala alimentación. Cuando había preparado la cena, sacaba dos sillas al patio: una para sentarse y la otra para colocar sus tobillos hinchados tras muchísimas horas de trabajo agotador. En ese momento acariciaba su vientre y, entre lágrimas, le pedía a Dios que su hijo naciese y que viniera sano. Poco después solía llegar el señor de la casa. A veces le recordaba que la mesa aún no estaba puesta; otras, le recriminaba el minuto de descanso o simplemente se vanagloriaba de que el vientre de su mujer aumentase gracias a su buena simiente. En alguna ocasión era ella la que, tímidamente, le preguntaba por su retraso en la cena. Entonces, él se volvía irascible, la acusaba de querer saber demasiado, la amenazaba con irse y dejarla sola con sus hijos y le recordaba que, gracias a él, tenían un plato que llevarse a la boca. Ella se levantaba como si nada, intentaba mantener a duras penas el equilibrio y colocaba en la mesa cada plato con la máxima delicadeza para no hacer ruido, mientras su esposo daba alguna cabezada durante el ritual de la cena.

Todos debemos conocer la historia de esta abuela porque, con algunas variantes, no deja de ser la historia de la mujer española. Quizá, en la actualidad, el marido de esta señora haya cambiado el arado por un puesto en una oficina. Es posible que nuestra protagonista ya no trabaje solo en la casa, sino que además tenga la “suerte” de tener un trabajo remunerado fuera de la misma. Incluso puede que, alguna chica, probablemente extranjera, realice en muchas ocasiones las mismas tareas domésticas que ella no tiene tiempo de ejercer aunque duerma una media de cinco horas al día. Posiblemente, el esposo comente en la oficina lo orgulloso que se siente de su esposa y lo coordinados que están en el hogar ya que él “ayuda”, en algunas ocasiones, a poner la colada y además se encarga de la compra. En pleno siglo XXI hemos maquillado un poquito la historia: le hemos dado a la mujer la “libertad” de poder trabajar también fuera, hemos cambiado la actriz principal de la casa por una chica inmigrante y hemos conseguido, a duras penas, que el bombo de la ropa sucia no sea solo de ella, que sea de los dos, aunque solo de vez en cuando. Pero, realmente, ¿en esto consiste la igualdad en derechos entre hombres y mujeres o se trata de un proceso mucho más complejo?

Cuando leí el Diario violeta de Carlota, de Gemma Lienas, descubrí que mi perspectiva se abría y que la realidad española estaba todavía a años luz del concepto de Igualdad. El libro parte de una premisa básica: invertir los roles en situaciones de la vida cotidiana. Fue entonces cuando comprendí que los medios de comunicación nos bombardeaban a diario con sutiles mensajes cargados de sexismo, descubrí también que muchas mujeres se prostituyen a diario sin necesidad de practicar el sexo, entendí que las mujeres seguimos demandando migajas de respeto y supe que el camino por recorrer era arduo. En España, el lastre franquista ha dejado una honda huella que es difícil borrar y que nos impide ver más allá de nuestra pequeña parcela. Así, muchas mujeres, que se consideran feministas, siguen repitiendo los mismos modelos machistas en los que han sido educadas y ese hecho, como subrayaba al comienzo del texto, se refleja en la manera en la que nos expresamos. Mientras no queramos asumir que la España naciente tras la Transición aún no ha roto el cordón umbilical con la dictadura franquista, será imposible hablar del inicio de un auténtico modelo progresista en España. Actualmente, para nuestros gobernantes y para un sector importante de la ciudadanía, el paro y la indigencia son solo esos fantasmas que llenan páginas en la prensa internacional, así como un as que algunos magos de la Izquierda saben sacar de la manga para hacer demagogia. Pero la triste realidad es que muchos abuelos tienen que alimentar con sus pensiones a hijos, parejas de sus hijos y nietos. De igual manera parece que, para nuestro gobierno, tampoco existen esas madres que recurren a los juzgados porque el padre incumple con sus obligaciones (custodia, régimen de visitas, pensión por alimentos). Es por ello que la formación en Igualdad debe convertirse en una materia de suma importancia dentro de las aulas. La labor de la familia y de la escuela es ahora más necesaria y urgente que nunca. Es imprescindible que los adolescentes conozcan su cuerpo, aprendan a respetarlo y reciban una información
sobre sexualidad que les permita ser personas seguras de sí mismas, con una capacidad crítica desarrollada. La escuela y la familia son el motor para impulsar a personas autónomas, libres y formadas, así como el pilar básico de cualquier estado progresista. Sería imperdonable que un país desarrollado permitiera que la historia de la abuela que narrábamos al comienzo se siguiera repitiendo con un decorado diferente. Por eso, aunque cada cuerpo es individual y nadie tiene derecho a intervenir en él sin nuestro consentimiento, en una relación de pareja “el bombo siempre es de los dos”. No permitamos que la gestación o el embarazo sean solo asunto de mujeres. Si no entendemos que desde el proceso de gestación hasta el embarazo o la interrupción del mismo, la implicación en el asunto debe ser igual por ambas partes, estamos tirando a la basura la educación sexual, la información sobre los medios anticonceptivos y, sobre todo, estamos limitando el rol de la mujer a una faceta que debería estar superada desde hace décadas. Probablemente, a nuestro ministro de Justicia le interese más que nunca que “el bombo siga siendo solo nuestro”.

Hagámosle saber que su ley sobre el aborto es una falta de respeto a la dignidad de todos: hombres y mujeres que luchan cada día por una sociedad igualitaria.

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