23 de diciembre de 2013

Inversión de perspectiva

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Escrito por Daniel Bernabé.

Una manifestación -una cualquiera- recorre las calles de la ciudad llenándolas de una vida de la cual carecen, a pesar de que habitualmente están repletas -de coches y peatones rápidos pero perdidos- también en los momentos en que la protesta no se ha hecho patente.

Una manifestación, o una huelga, son expresiones prácticas de las consecuencias de un conflicto. Más allá de cuestiones concretas -como sus grados de efectividad, lo acertado de sus consignas o lo masivas que resulten- lo cierto es que estas concreciones del desequilibrio permanente de la sociedad capitalista, son los métodos de lucha de los que disponemos para re-equilibrar o, en el mejor de los casos, acabar desequilibrando el precario estado de las cosas a nuestro favor.

Sin embargo, a menudo surgen las dudas, se pregunta la validez de estos métodos en función de sus resultados. El debate se amplifica en la medida de las expectativas previas y el recorrido del momento general.

Si estamos en un tiempo de alza del conflicto la manifestación aspirará a cotas altas y casi abstractas o inalcanzables inmediatamente, congregará a un gran número de personas, y a pesar de la falta de resultados inmediatos, colmará sus expectativas: se experimentará una sensación de fuerza y el postergar el objetivo no importará tanto como la confianza en el futuro que se deriva del momento.

Cuando el ciclo de protestas es a la baja, la manifestación tratará de temas más concretos -por ejemplo la retirada de una ley represiva- y posiblemente dará cita a un número menor de personas, aquellas, que independientemente del flujo de la marea, tienen una visión clara y certera del tiempo presente y por tanto un compromiso ético -con ellos y su entorno- para acudir a la misma.

El resultado, en este caso, siendo igual de indeterminado que la manifestación masiva, ampliará, como hemos dicho, el debate, o dicho de otra forma, cuando la confianza en el momento inmediato que sigue y las fuerzas para llevarlo a cabo van mermando, aparece la necesidad de preguntarnos si lo que hacemos sirve, de si está bien hecho y de por qué donde antes había diez hoy sólo hay uno.

El debate versará sobre la autoridad de los convocantes, la oportunidad de la protesta, los modos de la misma, la relación con los medios de comunicación, la propaganda, la agitación, la cuestión de la violencia o el pacifismo, y una larga lista tan habitual como recurrente.

Normalmente se habla de la falta de unidad, en referencia a los actores organizados que se sitúan frente al enemigo común. Lo que habría que hacer -sin, obviamente, quitar importancia a todas las preguntas anteriores- es hablar de la falta de unidad entre la expresión del conflicto y su relación con el continuo en el que se desarrolla.

La manifestación de la protesta es un momento del conflicto -un momento esencial, clave, de sustantivación- pero no es el conflicto en sí mismo. El conflicto en sí mismo permanece antes y después del momento, y en términos generales, cuando denominamos al conflicto lucha de clases, incluso todo nuestro espacio y todo nuestro tiempo, es decir nuestra vida (cotidiana).

Porque en una extraña articulación -que casi nos señala el camino por donde deberíamos ir- a pesar de que la manifestación es el momento de expresión del conflicto, es también el único momento en que nos sentimos libres de su peso, en que resolvemos -al menos psicológicamente- las consecuencias del insidioso desbarajuste llamado capitalismo o la gota concreta de pus que ha derramado de su ojo ulceroso. Es en ese momento, que no forma parte de nuestra vida cotidiana, cuando disfrutamos de algo -que creemos- debe ser la libertad.
Volveremos más adelante a esta contradicción.

Las calles de la ciudad están llenas, como decíamos, de gente diversa e igual, agrupada en un objetivo común por estar afectados por tal podredumbre sistémica. Sin embargo, a unas manzanas, otra mucha gente abarrota las calles casi también con un objetivo común, aprendido culturalmente y que procede de la misma herrumbre: el ocio.

El ocio no es más que la colonización del tiempo libre -aquel que no está ocupado en la venta de fuerza de trabajo, ni por el descanso- por parte de las relaciones mercantiles. Laboramos cuando trabajamos, pero también cuando hacemos uso de nuestro ocio, cuando transformamos nuestro tiempo libre en una actividad de consumo. Perdemos nuestra vida fabricando cosas -o servicios- que no necesitamos, y la perdemos comprando ese stuff igualmente inservible. Quizá, por tanto, los únicos momentos realmente de vida que nos quedan sean el sueño y la protesta (de follar hablaremos en otro momento).

¿Qué es lo que separa a los manifestantes de los consumidores -ambos ciudadanos, ambos presumiblemente obreros, ambos a menudo intercambiables dependiendo de la marea del descontento o la naturaleza de la protesta- para que en un espacio y un tiempo paralelos estén sin embargo tan lejos?

Por favor, sean decentes -intelectualmente- y no me jueguen a ese trasunto del anabaptista activista o el mesiánico militante que señala furioso la inconsciencia de los que portan bolsas en vez de pancartas. Porque así, además de seguir aún más solos, resultarán estomagantes, ridículos, pero sobre todo inútiles.

Lo que separa al final a ambos grupos -y cabe recordar que ambos, por cuestiones de clase, que no de ciudadanía, tienen los mismos intereses- es la noción de soportable.

La noción de soportable es lo que nos lleva a decir basta, a tomar posición, a poner en peligro nuestros intereses individuales presentes por una remota posibilidad de futuro colectiva. La noción de soportable es esa barrera cambiante que ante un mismo hecho actúa en nosotros como un resorte. La noción de soportable es lo que separa en un momento determinado a quien se decide a vivir y a quien es vivido.

Otros muchos factores intervienen en eso que llamamos toma de conciencia (de clase). En positivo se hallarían, por ejemplo, la creación de comunidad en torno a un objetivo, partiendo de un lugar que nos une; la identidad, permanentemente usurpada en un discurso que sitúa a esa entelequia llamada clase media como un discurso totalitario, agregador y paralizante. En negativo sabemos lo pernicioso de la falta de una visión general que impida relacionar causas y consecuencias; la transformación de la persona en un producto que se debe vender como paso previo a la introducción de las relaciones laborales completamente desregularizadas donde todos somos ofertantes y compradores de servicios.

En todo caso, y en último término, lo que impulsa a tomar partido es el la noción de soportable. ¿Quizá mucha de la gente que andaba de compras y no protestando contra la Ley-Mordaza lo hacía porque la consideraban soportable?

Porque ese es el principal sustento de esta noción, consideramos algo soportable o no en relación a nuestra vida cotidiana.

Mucha de la gente puede pensar, aún suponiendo que tengan una cierta información sobre la ley a la que nos referíamos, que a ellos no les va a afectar, que es algo pensado para los “radicales”, que siguiendo determinados cauces, incluso, podrán sortearla. ¿Por qué un hecho como la corrupción es capaz de espolear en un momento la protesta y en otro crear a lo sumo un movimiento de desaprobación con la cabeza? Porque la barrera de lo soportable sube, se amplía con la costumbre, y lo que en un momento vimos como intolerable, como algo que se introducía en nuestra vida (mientras que con una mano recortaban con otra robaban) en el momento posterior pareció ya no importarnos tanto.

¿Recuerdan la contradicción que planteábamos algunos párrafos atrás? La de que las manifestaciones son tan sólo un momento del conflicto pero que nos hacen atisbar la sensación de resolución al mismo: en él se expresaba el porqué de la falta de efectividad de las protestas. Mientras que sean un momento, por sí solas, sólo nos valdrán como representación, es más, no conseguirán influir en la noción de soportable.

Necesitamos rebajar -dramáticamente- la noción de soportable, ampliarla para que abarque todos los ámbitos del conflicto, y la única forma de hacerlo es influyendo en la vida cotidiana.

No nos engañemos: los sistemas caen no cuando un número mayoritario de gente está en su contra -simplemente- sino cuando esa mayoría ansía más lo que puede conquistar que lo que puede perder con el cambio. Para que esas ganas de conquistar el futuro aparezcan son necesarias -imprescindibles- la ideología, la organización y la expresión del conflicto (Huelgas, manifestaciones...). Pero, además, para que ese cambio se produzca hace falta un sabotaje a lo cotidiano, a la realidad percibida, a esa ceremonia que presenta lo habitual como normal para rebajar el listón de lo aceptado, para influir decisivamente sobre la noción de soportable.

Necesitamos encontrar la forma de influir en todos aquellos que piensan -trascendiendo las cuestiones éticas que incluso les hagan desaprobar lo establecido- que el estado habitual de las cosas es soportable, sorteable, llevadero, esto es, que no influirá al final en sus vidas.

Sólo así se puede entender -con una noción de soportable inmensamente laxa- que con seis millones de parados no haya habido una explosión social seria que ponga en cuestión el orden de las cosas. Entendiendo la falta de relación entre la ideología -como forma pensada y ordenada de enfrentarse a las contradicciones- las organizaciones y la protesta, con la vida cotidiana de la gente.

Necesitamos una inversión de la perspectiva. No vale de nada construir un necesario escenario de la protesta si al final, el parado, que a todas luces considera insoportable su situación, soporta con estoicismo al propio sistema porque no encuentra la relación entre las causas que sufre y las consecuencias que han provocado su desastre.

La cuestión es que para bajar el listón de lo soportable nos enfrentamos a una cuestión cultural y muy pocos tienden a reconocer este fenómeno. Pretendemos enfrentarnos a todo un aparataje que da cata de normalidad a lo insoportable o bien con teoría o bien con ética, y ambas, aunque necesarias para la toma de conciencia, operan en nichos diferentes, paralelos al menos, a la cultura.

Podemos explicar a un parado las nociones de la sociedad de clases, del capitalismo, de que su desempleo es condición necesaria para el funcionamiento de la economía especulativa, es decir, podemos explicarle -incluso de forma muy pedagógica- la teoría que expresa la realidad; o podemos aludir a lo injusto de la situación, a su orgullo, a que es impresentable que mientras unos rascan el fondo del bolsillo para encontrar las últimas monedas otros lo tienen todo sin merecer nada. Pero si queremos que todo eso valga, que siembre y no se agoste, es condición necesaria derrumbar todo el andamio que sostiene aquello que parece normal pero que no lo es, aquello que hace que su noción de soportable sea tan amplia.

Es cierto que todos los cambios culturales son lentos; tanto como imprescindibles. No podemos buscar la excusa en lo inmediato. Precisamente por refugiarnos en ella día tras día, año tras año, el sostén de lo aceptado es cada vez más poderoso y por tanto ni la ideología ni la ética por sí mismas consiguen ya traspasar el tupido velo que mantiene distante a la mayoría. Y es aquí donde entran en juego los agentes secretos que dinamitan lo establecido, que abren grietas en la muralla de lo convencional, que dejan paso a las nuevas ideas.

Necesitamos un doble juego que desacredite todo aquello existente que sirve para mantener este injusto orden de cosas, necesitamos realizar en la mente de todos algo tan sencillo como los principios poéticos que ponen a lo cierto en la verdad y a lo falso en la mentira, a lo justo en lo razonable y a lo egoísta en el descrédito.

¿O acaso creen que les estoy hablando de entelequias abstractas?

La cultura no son -o no son tan solo- los grandes construcciones intelectuales dignas de admiración museística; la cultura es sobre todo esa construcción humana que da cuerpo a la realidad en nuestras mentes.

Este artículo se merece acabar con un llamamiento, primero individual y después colectivo. Individual a los que sean capaces de crear cultura, para que se sitúen en la senda del agente secreto, del saboteador, que hace su trabajo tras las líneas enemigas. No hay nada más inservible que aquello que se conoce públicamente como artista comprometido, que escupe panfletos que ponen, poco más que en palabras bonitas, la farragosa teoría o la noble ética. Necesitamos hablarle a la gente de lo que conoce, de sus miserias y grandezas, sin paternalismo ni fustigamiento. Necesitamos el esfuerzo individual pero también coordinado para crear una nueva forma de entender las relaciones con el mundo más allá de lo mercantil como toda ley por la que regirse, queremos superar esa mentira de la carrera profesional -realmente una huida a ninguna parte-. Y para eso llega el esfuerzo colectivo, el de las organizaciones ya formadas, para que se tomen en serio de una vez el trabajo cultural, esto es, el trabajo que destruya diariamente la normalidad que da carta de ley a lo que nos anega y construya las escaleras que permitan llegar a los que son, pero no están, hasta ellas. No puede ser que las organizaciones confíen su intervención cultural a estrellas rutilantes que se dedican a crear detritos escapistas y acomodaticios para que luego estos firmen un manifiesto pre-electoral que les brinda un apoyo totalmente insustancial en las vidas de todos.

Los que además de procurarnos nuestro sustento con trabajos alimenticios intentamos crear una oposición constante y desde abajo a lo aceptado tomamos la labor con ambas manos; pero también reclamamos la ayuda de las organizaciones, sin las cuales nuestro trabajo es poco más que un susurro frente al múltiple aliento de la hidra.

Hagan suyas estas reflexiones, llévenlas a la práctica diaria, empiecen a construir desde ya las bombas de relojería mental que abran el camino a las ideas que llenarán las calles de vida, de todos aquellos que necesitan dejar de soportar lo insoportable.

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