22 de diciembre de 2013

Controversias del lenguaje inclusivo

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Escrito por Daniel para la sección de Libre Publicación.



El movimiento feminista ha sido a lo largo de décadas un referente imprescindible en la lucha por la igualdad de género y la plena integración de la mujer en todos los ámbitos socioeconómicos acaparados históricamente por el hombre. Son numerosas y muy valiosas las luchas sociales del movimiento feminista, como las campañas contra la violencia de género, las conquistas de derechos laborales, etcétera.

No obstante, personalmente discrepo en una de sus atribuciones: la relativa al lenguaje inclusivo. Muchos y muchas feministas consideran que la lengua castellana está llena de referencias machistas, y como lingüística corroboro este hecho. Una cultura tradicionalmente patriarcal ha creado vocablos, locuciones y frases hechas con una clara alusión peyorativa contra la mujer. Como ejemplo, cabría preguntarse por qué algo "cojonudo" es muy bueno mientras que un "coñazo" es algo aburrido, en clara referencia a los órganos sexuales de hombres y mujeres, respectivamente. Sin embargo, esta crítica, que como digo está totalmente justificada en ciertos casos, se está trasladando a otros ámbitos más polémicos.

Desde la explosión del Movimiento 15M, he asistido a diferentes asambleas, conferencias y actos públicos en general, en los cuales tanto hombres como mujeres llevan hasta posiciones extremas el lenguaje inclusivo. En un mismo discurso, cada vez que aparecen pronombres, sustantivos o adjetivos referentes a personas, los oradores los mencionan sistemáticamente en masculino y femenino. Por ejemplo, una constante en este tipo de discursos son expresiones como "nosotros y nosotras", "todas y todos", "los y las estudiantes", llegando incluso a emplear el género femenino para englobar ambos sexos ("las trabajadoras", haciendo referencia a los trabajadores y las trabajadoras).

Este panorama está más que extendido entre los movimientos sociales, y aunque sé que no es políticamente correcto criticarlo, a continuación voy a argumentar por qué no estoy de acuerdo con buena parte de este lenguaje inclusivo. Antes de ello, quiero recalcar que si bien soy crítico con este planteamiento concreto, apoyo y defiendo el movimiento feminista, así como cualquier otro que tenga por objeto la igualdad entre seres humanos.

Dicho esto, en primer lugar conviene mencionar que el castellano actual posee dos géneros gramaticales: masculino y femenino. No obstante, también podríamos hablar de género neutro en los demostrativos "esto", "eso" y "aquello", en el pronombre "ello" y en el artículo "lo", vestigios del latín. El género gramatical en las lenguas es un aspecto polémico desde hace siglos. De hecho, el propio Antonio de Nebrija afirmaba que «el género es aquello por lo que se distingue macho de hembra». Sin embargo, cabe destacar que el género gramatical no es algo necesariamente lógico en su relación al sexo biológico, además de no ser una propiedad de todas las lenguas. 

En la amplia gama de familias lingüísticas, hay idiomas como el alemán que distinguen tres géneros gramaticales (masculino, femenino y neutro); otras, como las lenguas semíticas, generalmente diferencian dos; algunas, como el inglés, únicamente lo distinguen en la sustitución pronominal. Y por otro lado hay lenguas que diferencian una gran cantidad de géneros, como las leguas bantúes, o ninguno, como el chino, el turco o el finés. Con estos ejemplos pretendo mostrar que el género gramatical no es constante en las diferentes lenguas.

En nuestro caso, podríamos debatir si el género aparece marcado explícitamente en el lexema o si es el determinante el único responsable de esta flexión. Si bien es cierto que en castellano la oposición -o / -a es la principal responsable morfológica del género, esta puede contener además un valor semántico (no es lo mismo "un castaño" que "una castaña", ni "el suelo" que "la suela"). Entrar en este asunto sería eterno, por lo que simplemente diremos que nuestro idioma emplea la oposición -o / -a como marca de género gramatical, aunque existen bastantes más oposiciones. Así, tenemos "niñ-o" y "niñ-a". En otras ocasiones, en cambio, el sustantivo carece de género, y este puede marcarse a través del artículo: "el estudiante" y "la estudiante". 

Revisado este punto, considero inapropiado tratar de modificar la lengua oral de los hablantes. La variación lingüística es una característica natural de cualquier idioma. Para nombrar los nuevos utensilios que la ciencia nos proporciona, hemos desarrollado nuevos vocablos (neologismos) o hemos tomado préstamos de otros idiomas adaptándolos a la fonología, incluso a la ortografía, del castellano (el castellano recibió numerosas aportaciones del árabe, del alemán o del italiano, y actualmente es el inglés el que más términos exporta).

Así pues, insisto en que la lengua cambia a lo largo del tiempo de una manera natural. Si bien el español apenas conoce un lexema para nombrar al agua helada que cae de las nubes ("nieve"), ciertas lenguas esquimales han desarrollado hasta diez vocablos, dependiendo de la forma y características de esa nieve, pues sus circunstancias naturales exigen desarrollar tal número de palabras. Nosotros, por el contrario, tenemos muchas más formas nominales que una comunidad indígena para nombrar al "vino". Por tanto, los hablantes adaptan su lengua a las circunstancias tecnológicas, históricas y sociales. Esta adaptación se realiza por necesidad, puesto que precisamos de nuevos términos para la tecnología y los inventos más recientes. Pero muy distinto es tratar de alterar el sistema mental de asociación de referentes, lo cual explicaré más adelante.

Analizado esto, vamos a ver un ejemplo histórico. En 1848 en Francia, las ciudadanas francesas reclamaron el derecho al sufragio universal que concedía la "Declaración de derechos del hombre y del ciudadano". La respuesta de la administración francesa a su petición fue negativa, alegando que únicamente los ciudadanos franceses, varones, disfrutarían de ese derecho. La filóloga Eulàlia Lledó afirma en un artículo que el lenguaje de esta declaración era sexista y por lo tanto, concluye, la lengua tiene un carácter machista. Personalmente disiento de esta teoría por un motivo fundamental: la lengua no es intrínsecamente machista, pero puede llegar a serlo en la medida en que sus hablantes otorgan sentidos machistas a las palabras y construcciones a lo largo del tiempo. Aquella declaración otorgaba derechos a todos los ciudadanos franceses. Si las mujeres carecieron de ciertas concesiones, como el sufragio, no se debe a que el lenguaje del documento excluyese a las mujeres, sino a que la mentalidad de la burguesía francesa de la época era profundamente sexista. Cualquier francés hubiera interpretado "tanto hombres como mujeres", pero los juristas no tenían interés en que estas votasen, por lo que alegaron que las palabras de la declaración incluían solamente a hombres.

En el mismo artículo, Eulàlia Lledó recomienda el uso de sustantivos colectivos para la redacción de la Constitución española de 1978. El artículo 30 de la Carta Magna sentencia:

1. Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España.
2. La ley fijará las obligaciones militares de los españoles y regulará, con las debidas garantías, la objeción de conciencia, así como las demás causas de exención del servicio militar obligatorio, pudiendo imponer, en su caso, una prestación social sustitutoria. [...]
4. Mediante ley podrán regularse los deberes de los ciudadanos en los casos de grave riesgo, catástrofe o calamidad pública.

Como muy bien apunta Lledó, los puntos 1 y 2 se refieren únicamente a españoles varones, pues solo ellos realizaban el servicio militar. En cambio, en otros artículos, el grupo nominal "los españoles" englobaría a hombres y mujeres. No obstante, para evitar confusión (en unos puntos "los españoles" se refiere a hombres y mujeres, y en otros puntos designa solo hombres), documentos legales de este calibre deberían emplear nombres colectivos como "la población" o "ciudadanía española". En esto coincido con el planteamiento inclusivo, no en cambio con su uso sistemático en la lengua oral, la cual se diferencia de la escrita, entre otros aspectos, por su espontaneidad.

Un ejemplo dado por esta misma filóloga me resultó curioso. Comparemos las siguientes oraciones: "los hombres se ponen el delantal para cocinar" y "los hombres tienen el derecho a la libre expresión". Enseguida interpretamos que en el primer caso nos referimos únicamente a hombres mientras que en el segundo puede interpretarse "hombres y mujeres", siendo, en cambio, el mismo sujeto en ambas oraciones. Estas deducciones están construidas a través de sesgos ideológicos machistas evidentes. Pero el problema, vuelvo a repetir, no es de la lengua, sino de las construcciones ideológicas que tenemos, o más bien, que nos han transmitido a través de horas y horas de manipulación mediática. Si en una sociedad machista pronunciamos la primera frase, interpretamos que solo son hombres. Si esta frase es declarada en una sociedad no solo legal, sino social y económicamente igualitaria, interpretaríamos tanto hombres como mujeres.

Permítanme a continuación una cita de Pedro Álvarez de Miranda, que, aunque un poco larga, resulta bastante aclaradora:

Del mismo modo, si una persona tiene tres hijos y dos hijas, dirá, interrogado acerca de su prole, que tiene cinco hijos. No dirá que tiene cinco hijos o hijas, ni cinco hijos e hijas, ni cinco hijos / hijas (léase “cinco hijos barra hijas”). Podrá escribir que tiene cinco hij@s, pero esto no lo podrá decir, leer, así que de nada le vale. Yo, a diferencia de mi colega Ignacio Bosque, no he tenido paciencia para echarme al coleto todas esas guías que sobre el lenguaje no sexista han proliferado. Supongo que alguna de ellas recomendará a nuestro perplejo pater familias que diga algo así como esto: Mi descendencia la forman cinco unidades. Pobrecillo.
Desdramaticemos las cosas. No es el masculino el único elemento no marcado del sistema gramatical. Igual que en español hay dos géneros (en otras lenguas hay más, o hay solo uno), hay también dos números, singular y plural (en otras hay más, o solo uno), y el singular es el número no marcado frente al plural. Así, del mismo modo que el masculino puede asumir la representación del femenino, el singular puede asumir la del plural. El enemigo significa, en realidad, ‘los enemigos’. Sumando ambas posibilidades de representación puedo decir que el perro es el mejor amigo del hombre para significar, en realidad, esto: ‘los perros y las perras son los mejores amigos y las mejores amigas de los hombres y las mujeres’. ¿Se entiende ahora un poquito mejor en qué consiste el mentado principio de economía?
Hay tres tiempos verbales, y uno de ellos, el presente, es el tiempo no marcado frente al pasado y el futuro. Prueba de ello es la capacidad que tiene para suplantarlos: Colón descubre América en 1492 significa en realidad ‘Colón descubrió América en 1492’, y mañana no hay clase significa ‘mañana no habrá clase’.
A pesar de lo cual, que yo sepa, no ha surgido por ahora ninguna Plataforma Ciudadana en Defensa de la Intolerable Discriminación del Plural, ni tengo noticia hasta el momento de la existencia de una Asociación Pro Visibilidad del Futuro, frente al Abusivo Presentismo Lingüístico.

Así pues, demostramos que el masculino es el género no marcado, de la misma manera que el singular es el número no marcado, o el presente de indicativo el tiempo verbal no marcado. Cambiar de un plumazo estas convenciones ya no es solo imposible, sino que roza el absurdo.

En otro orden de cosas, el lingüista suizo Ferdinand de Saussure afirmaba que el signo lingüístico está dividido en dos entidades: significante y significado. Por un lado, el significante es el conjunto de fonemas articulados, es el sonido de la expresión lingüística. Dicho de otro modo, es la parte sensible o material del signo lingüístico, la imagen acústica que apunta hacia el segundo término: el significado, que es la representación mental, el concepto o idea que se asocia al signo. Cabe destacar que el valor mental del significado es subjetivo, pero por convención debe ser igual para realizar una comunicación óptima.

Así pues, al sintagma "todos los estudiantes" ustedes pueden darle el valor mental de que solo nos estamos refiriendo a estudiantes de sexo masculino. Sin embargo, por convención, esta frase engloba a estudiantes de ambos sexos. No pongo en duda que estos parámetros se hubieran tomado en unas circunstancias de ventaja para el hombre y de marginalidad para la mujer. No obstante, la mayoría de la población, independientemente de sus ideas respecto al feminismo, tiene la imagen mental de estudiantes de ambos sexos cuando hablamos de "todos los estudiantes". El mismo ejemplo podríamos dar respecto al pronombre "nosotros": el significado de este vocablo engloba a personas de ambos sexos. En cambio, cuando únicamente haya mujeres, ese pronombre pasará a ser "nosotras". Así pues, considero que romper con estas convenciones sociolingüísticas supone quebrar el mecanismo cerebral de asociar significante y significado. 

El argumento que llega desde el feminismo es que de la misma manera que el masculino engloba ambos sexos, el femenino también podría englobarlos. Sin embargo, en este momento volvemos a entrar en una cuestión puramente semiótica. La imagen mental, adquirida de manera natural, que los hablantes tienen de nosotras es la de dos o más personas de sexo femenino; nunca interpretaríamos que ese pronombre reuniese a hombres y mujeres. Este último entendimiento solo sería factible a costa de quebrar las convenciones de las que hablábamos más arriba. 

Asimismo, no hemos de olvidar la llamada "economía del lenguaje", por la cual los hablantes de cualquier lengua tratan de minimizar sus esfuerzos a la hora de comunicarse, al mismo tiempo que mantener la esencia y efectividad de su mensaje. Por consiguiente, articular reiteradamente en un discurso oral "nosotras y nosotros" rompe con otra de las características naturales del lenguaje.

En conclusión, considero aberrantes ciertas expresiones machistas y frases hechas que atentan contra las mujeres, los homosexuales o numerosas minorías sociales. En cambio, otra cuestión es la que acabo de plantear, meramente lingüística (entendiendo como tal la ciencia que estudia las lenguas). Desde mi profundo respeto, admiración y apoyo al movimiento feminista y a cualquiera que luche por la igualdad entre hombres y mujeres, discrepo en buena parte con los planteamientos en torno al lenguaje inclusivo que se hacen desde estos colectivos. Puedo compartir que en documentos de carácter legal o político necesitamos ser mucho más precisos, pero esto es la lengua escrita. Sin embargo, en la oralidad, espontánea y natural, considero un error introducir sistemáticamente el género femenino cada vez que aparecen adjetivos o sustantivos que engloban ambos sexos. Puedo incluso defender el uso de este procedimiento al comenzar un discurso, pero no que se convierta en algo reiterativo, pues rompe con las principales características del discurso oral.

1 comentario:

  1. - “Revisado este punto, considero inapropiado tratar de modificar la lengua oral de los hablantes. La variación lingüística es una característica natural de cualquier idioma.” Vamos a ver, los cambios lingüísticos no vienen de la nada, no son intrínsecos al lenguaje, sino que es la población que los habla quien hace que evolucione, y al igual que el sentido común de la población debe ir cambiando hasta la erradicación del patriarcado, también debe hacerlo el lenguaje. Y esto no es una condición suficiente o necesaria, sino una relación dialéctica entre ideología y lenguaje. El lenguaje no es un ente vacío, el lenguaje adquiere su función cuándo es utilizado, y es utilizado por una sociedad con una ideología y en esta sociedad, la invisibilización de la mujer es un fenómeno que se da claramente y esto se aprecia en el lenguaje, en su abuso del masculino. El lenguaje puede cambiar de forma consciente o inconsciente.

    - ¿Si no has tenido la paciencia de leerte esas guías y escuchar los argumentos a favor del lenguaje inclusivo, cómo haces ostentación de tu ignorancia haciendo un análisis tan vacío de una cuestión tan importante? Lo siento pero para declararse feminista no sólo hay que decirlo, también hay que aplicárselo a una misma, en la teoría y en la práctica.

    - Por supuesto que no hay colectivos que peleen por el singular o por el plural, puesto que no hay colectivos sometidos por el número del lenguaje (o el tiempo verbal) y la ideología que lo acompaña, sin embargo sí que hay un colectivo sometido por el patriarcado, donde lo masculino domina y lo femenino es dominado (ni siquiera te diré qué lugar ocupa la que ni es femenina, ni masculina).

    - Claro que al hablar optamos por la economía del lenguaje, incluso yo que entiendo el lenguaje inclusivo como una necesidad, al hablar con mis amigas y/o familiares no lo utilizo todo el tiempo (porque también me preocupo de concienciarlas de otras formas), pero hay que distinguir en qué espacios nos comunicamos, cuando tengo que dar un discurso, hablar a gente que no me conoce en un entorno en el que puedo aportar un mínimo de conciencia política (porque el patriarcado es una cuestión política) por supuesto que lo uso, porque sé que su uso puede suponer un punto de inflexión a partir del que todas asumamos que el lenguaje castellano es sexista porque se ha desarrollado en una sociedad patriarcal (quizá en otros idiomas esto no sea así, pero serán sus hablantes concienciados los que deberán hacer el análisis). El desarrollo del lenguaje no es mera casualidad y tenemos que asumirlo.

    El lenguaje es un elemento ideológico poderosísimo y por supuesto que no vamos a acabar con el patriarcado utilizando el femenino o ambos géneros al hablar, pero sí que vamos a sacarle los colores y a concienciar. Estoy completamente segura de que muchísimas personas se han parado simplemente a analizar el abusivo uso del masculino en nuestro idioma gracias a estos discursos. Para mí, éste es motivo suficiente para seguir potenciando su uso.
    En conclusión, estoy de acuerdo contigo en que si viviéramos en una sociedad igualitaria, nadie se quejaría del uso del masculino para englobar a todas las personas, pero como no vivimos en esa sociedad, es absurdo utilizar esto como argumento. El lenguaje, como de alguna manera ambas hemos dicho, tiene un significado cuando lo usamos e intentar cambiarlo puede ser un arma muy potente para activar conciencias. No olvides que el fin último no es que utilicemos el femenino o ambos géneros al hablar, sino acabar con el patriarcado, lo que le pase al lenguaje en ese camino, sólo la historia lo dirá.

    P.S.: Una última pregunta para que reflexiones, has observado que incluso cuando utilizas el lenguaje inclusivo en tu artículo antepones hombre a mujer, ¿casualidad?¿consecuencia del patriarcado?.

    Un saludo!

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