2 de noviembre de 2013

Víctimas y victimismo‏

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Escrito por Miguel Ortega.

El dolor de la muerte de un familiar, un íntimo, un amigo o un conocido no se lo puede imaginar nadie. Pero la muerte existe, es un problema, y se agrava cuando no es natural, cuando hay un asesinato de por medio o cualquier circunstancia que la provoca de manera prematura. Ahora, tras la sentencia de Estrasburgo, la indignación es patente en las víctimas del terrorismo. Yo, como cualquier persona, entiendo el dolor de esa gente. Sus familiares fueron asesinados a sangre fría y no sé si existe perdón para eso. Esa gente nunca podrá absolver a ese asesino en sus conciencias, pedirá venganza. No obstante, es cosa solo del Estado unirse o no a la sed de sangre de las víctimas. Entiendo, y lo entiendo de veras, que cada uno mire por sus intereses -y aunque suene tan macabro- y por sus difuntos, pero es cosa del Estado ser igualitario o no.

En este último mes ha habido cuatro reivindicaciones distintas por víctimas: las víctimas del terrorismo, las que pelean por la recuperación de la memoria histórica, la de las chicas del “Madrid Arena” y la de los mineros de León. Ante estas cuatro situaciones diferentes, el gobierno se ha puesto al lado de unos mientras pataleaba a las demás -y lo más vergonzoso de todo, únicamente lo ha hecho por un puñado de votos-. Los de la recuperación de la memoria histórica ya pueden rezar para que les dejen de tirar tierra a los ojos; las de las víctimas del “Madrid Arena” piden responsables -después de un año- y le dan a una alcaldesa que se ríe en sus caras más en un balneario que aquí; los mineros reciben lágrimas de los familiares, pero por salir, a penas salen en las noticias; y a las víctimas del terrorismo las recibe hasta el rey. Estoy de acuerdo, hay que entender su dolor. Pero no estoy de acuerdo en que solo importen las víctimas que al gobierno le interesa que importen, porque el peso de un padre o de un hijo muerto por la bala de un etarra, es exactamente el mismo que el de un padre o un hijo muertos en una mina, aplastadas por la mala gestión de un gobierno que solo piensa en el beneficio económico, o por una bala de hace más de cincuenta años que todavía nadie le ha querido sacar.

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