9 de noviembre de 2013

Juegos gubernamentales

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Escrito por Miguel Ortega.

La otra noche, escuchando El Intermedio, me enteré de una de esas cosas que a la gente – por lo general- les da igual y de lo que yo no tenía la más mínima conciencia. En 2005, Zapatero puso en la cúspide de las vallas de Melilla un juguetito muy poco educativo que provocaba cortes de una profundidad aterradora en los cuerpos de la gente que, viviendo entre la desesperación, intentaban saltar al otro lado buscando una vida digna. Tras numerosas protestas de particulares y colectivos, esas cuchillas fueron retiradas en 2007. Busquen en el baúl de objetos perdidos de su casa dónde están las responsabilidades políticas por ese ataque inhumano a la integridad física de las personas e incluso a la vida.

Cinco años después, Rajoy sigue el camino abandonado por el de la ceja; todo un show. Esto es supuestamente “una medida de precaución y control de la inmigración ilegal”. Debe de ser que este señor todavía no se ha dado cuenta de que el principal problema de este país no son los inmigrantes que intentan pasar. Nuestro problema ya está dentro del territorio español, y suele venir en un “Audi” , vistiendo traje caro y corbata. Es más, la desesperación de la pobreza, la desesperación que genera el no poder darle un trozo de pan a tu hijo para comer, no lo van a parar unas cuchillas, dos barreras de seis metros y unas cuerdas de acero entre las dos vallas. Eso, lo único que va a conseguir es deshumanizar aún más unas medidas inhumanas y poner más fronteras al campo.

Sería muy interesante que ambos personajes se encontraran unos cuantos de estos juguetitos poco educativos pegados en la alfombrilla que tenemos todos en el suelo del cuarto de baño para cuando salimos de la ducha. Sentirían en primera persona el efecto de esas cuchillas haciendo un agujero en la superficie de su piel, entrando dentro de su organismo; el insoportable dolor de retirarlo de inmediato y comprobar cómo las cuchillas tiran y destrozan tus tejidos abriéndose enteramente la piel, haciendo brotar una sangre probablemente ya infectada por la suciedad de las cuchillas. Quizás así, un Ejecutivo no volvería a jugar a la ruleta rusa en cabeza ajena, y aprendería que las personas -y no solo ellos- sienten el dolor de sus políticas de extranjería.

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