17 de octubre de 2013

Las razones de la derecha

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Artículo escrito por Daniel Bernabé.

Nunca me gustó la consigna del 99%. Sobre todo porque era mentira. Comprendo que los eslóganes
agitativos no pueden encerrar una explicación amplia sobre nada: son el reclamo para que la gente abra puertas que conduzcan a estancias más amplias. Pero esta llevaba por senderos de inicio erróneos.

A un nivel general la consigna del 99% retrataba una realidad económica cierta -que una parte muy pequeña de la población controla una gran parte de la riqueza, o a la inversa-. Pero tenía el problema de alejarse demasiado entre lo que se pretendía -agrupar a la mayoría de la gente perjudicada por el capitalismo- y el punto real de partida -la entelequia de que todos estuvieran contra el sistema socio-económico y que no hubiera contradicciones entre ellos-
Ese punto de partida era lo que hacía de este grito algo profundamente equivocado. Se cargaba de un plumazo toda una complejidad social con la cual es imposible entender nada y por tanto aproximarse a la realidad de una forma exitosa en cuanto a la acción política.

Esa complejidad social -la sociedad de clases en el momento presente- se adivina difícil de dibujar: lo que antes parecían fronteras claras entre clases y subclases hoy se difuminan en espacios de corte difíciles de precisar. Sabemos que un banquero que gana millones y un obrero del sector servicios que cobra 800€ en unas condiciones penosas no pertenecen a la misma clase; la cuestión se torna confusa cuando hablamos de un profesional cualificado bien pagado y un pequeño propietario de bajos ingresos, por ejemplo.

La cuestión se torna confusa, tanto en el análisis como en la expresión real de estas diferencias. Si fuésemos a un barrio obrero del norte de Inglaterra hace sesenta años sabríamos casi seguro que los vecinos votaban al Partido Laborista. Es más, no sólo le votaban, eran del Partido Laborista (de una forma muy parecida a como eran seguidores del club de fútbol local).

Hoy somos conscientes de que no ocurre de la misma forma, es decir, las expresiones políticas dejan de coincidir con los intereses de clase.

Sin embargo, el tema de este artículo no es tratar el porqué ocurre esta disonancia entre lo que convendría y lo que es. Para ello podríamos aludir a los cambios en la economía y el mundo del trabajo, la deriva derechista de partidos de izquierda y sindicatos hacia, en el mejor de los casos, el centro, además de otros aspectos esenciales como los sistemas de control social más sofisticados.

El motivo de este artículo es trazar un esbozo de por qué la gente vota a la derecha. Y con gente nos referimos a aquellos a los que, a pesar de que sus vidas cotidianas se verán perjudicas, lo hacen firmemente convencidos de ello.

Normalmente tendemos -sobre todo desde la izquierda más esquemática- a despreciar ese voto, esas razones. Sabemos del engaño del voto masoquista y lo condenamos. Pero más allá de lo obvio raramente nos preguntamos cuáles son esas razones, y sobre todo, por qué funcionan tan condenadamente bien.

Veamos las más comunes:

1.- Nacionalismo

Una nación es una comunidad imaginada para aglutinar un territorio y que tanto el dinero como los sentimientos circulen por los cauces previstos.

Es decir, que en su nacimiento, sirvió sobre todo para poder justificar moralmente la idea de estado (el instrumento que ordenaba y facilitaba la actividad comercial) frente a aquellos que no lo veían con buenos ojos ya que pasaban a estar supeditados a un poder ajeno, alejado y más grande.

Hoy en día el concepto de nación se sigue usando con propósitos muy parecidos: atenuar las contradicciones entre clases sociales. No es raro, por tanto, oír hablar a la burguesía de que toma tal decisión por el bien del país. Sabemos que no, que la toman para su propio beneficio, pero enmascaran la misma detrás de ese fin superior.

Sin embargo el análisis no nos vale para gran cosa a la hora de intervenir políticamente. Y esto lo confundimos muy a menudo: no es lo mismo analizar un aspecto de la realidad que actuar sobre ella, lo que nos lleva a frustraciones monumentales.

La alternativa del internacionalismo, aunque cierta, ha sido derrotada históricamente cada vez que ha entrado en contradicción con la del nacionalismo. Y si lo fue en momentos en los que la idea de clase social estaba más firmemente asentada nada nos lleva a pensar que hoy en día no ocurra algo parecido.

En España la derecha capitaliza por completo la idea nacionalista, la idea patriótica con unos resultados aglutinadores notables. ¿Cómo es posible que alguien que destruye un país, esto es, a la mayoría de la gente que lo conforma, precisamente sea quien acapare la propia idea de país?

Pues entre otras cosas porque la izquierda española es como un centrocampista mediocre: cuando alguien le disputa un balón, en vez de jugarlo, le pega el patadón y lo manda bien lejos. No podemos regalar a la derecha, por defecto, todas esas áreas del campo que como no controlamos no tratamos ni de comprender.

¿Puede existir una idea nacional de izquierdas? Si creen que no miren a Latino-América, el Patria o Muerte, la bandera nacional como símbolo de libertad. Allí, la idea nacional ha servido a los revolucionarios como contrapeso al colonialismo español y luego al norteamericano, allí, defender la patria era defender la clase. Y siendo perfectamente internacionalistas o al menos panamericanos.

No se trata de renunciar a nuestros principios, ni de importar modelos automáticamente, sino de robar huecos a la derecha y quitarle razones que ha manipulado a su antojo. Negar la realidad -que la idea de nación es una idea poderosa y que difícilmente va a desaparecer de un día para otro del imaginario colectivo, que la gente se siente cómoda con ella- es fracasar de nuevo. Podemos crear nuestra propia idea de nación. Al fin y al cabo, Manuela Malasaña era de los nuestras.

2.- Orden

La idea del orden ha sido una de las más ridiculizadas por parte de la izquierda, y una de las más ha hecho alejarse que se aleje de sus objetivos.

Al hablar de orden es corriente imaginar a un general de bigotillo afilado y mirada aviesa dando voces en una tribuna, pero la gente suele entender otra cosa.
El orden es percibido como seguridad, como certidumbre y tranquilidad. Y, en general, cualquier persona quiere eso para su vida y su entorno.

La cuestión, una vez más, es cómo hemos permitido, que una ideología basada en el caos (el capitalismo es caos en última estancia) se haga propietaria del orden.

¿Hay seguridad cuando se emplea a la policía para reprimir violentamente protestas pacíficas y practicar el terrorismo (Operación Gladio)?

¿Hay certidumbre cuando millones son despedidos y a la gente la echan de sus casas por no tener empleo para pagarlas?

¿Hay tranquilidad cuando no se pueden hacer ni unos mínimos planes vitales por la precariedad reinante?

No, claro que no. Porque lo que la derecha defiende no es el orden, en abstracto, sino su orden, el que los que más tienen hagan lo que les de la gana cuando les de le gana.

El orden es una sociedad racional, donde la gente pueda sentirse segura y tranquila por el mero hecho de ser.

3.- Eficacia

En general no habría que discutir ninguna idea en abstracto (salvo las que atañen a las dolencias del alma, que la poesía tiene que vivir de algo, amigos). Una de esas ideas en abstracto fue la de la gestión.

Se propone que la labor política es algo tecnocrático, que lo importante es gestionar bien. No hay nada más falso, ni más erróneo, ni más interesado.

No se puede gestionar en el vacío, se gestiona de acuerdo a unos intereses y unas necesidades, se gestiona de acuerdo, siempre, a unos principios ideológicos. Miren a su realidad más inmediata: cuando la derecha recorta un médico o un profesor, excusándose en la crisis (que ellos mismos provocaron con su codicia y su desregulación) lo que está haciendo es gestionar unos recursos de una forma determinada, es decir, que los de abajo, los trabajadores, paguemos los platos rotos de los de los bancos y los grandes empresarios.

De hecho, el capitalismo y sus gestores son terriblemente ineficaces: ponen todos los recursos naturales y humanos a su disposición, con el único objetivo de obtener beneficios, sin importarles en absoluto si la actividad económica desarrollada es beneficiosa para la mayoría o no.

Cada vez que la necesidad de beneficio entra por la puerta la eficacia para el interés general sale por la ventana. Volvemos al ejemplo británico del principio: la privatización de ferrocarriles y hospitales que llevó a cabo la conservadora Thatcher en los ochenta ha resultado un desastre en cuanto a resultados y un despilfarro constante de dinero. ¿Son eficaces los servicios de extinción de incendios forestales de gestión privatizada? ¿Ha sido eficaz el gobierno de derechas de Madrid gastando dinero en radiales, soterramientos faraónicos y olimpiadas con el único propósito de que hicieran negocio sus amiguetes?

Nadie como el propietario de un pequeño negocio sabe la necesidad que tiene de ser eficaz en su gestión para que éste sobreviva, y aún así, la inutilidad de la misma cuando uno grande decide imponer sus reglas en su sector.

La actividad económica no puede ser eficaz cuando sólo se busca el beneficio de unos pocos. Porque al final, el dinero nunca se despilfarra, sino que va a parar al bolsillo de los mismos.

4.- Honradez

La derecha siempre ha manejado con extrema soltura la cuestión de los valores. Con la que está cayendo es difícil acordarse, pero la idea de que el que tiene mucho no roba porque no le hace falta, aunque absurda, tiene todavía una importante legión de seguidores.

Absurda, decíamos, porque precisamente es justo al revés, el que tiene mucho es porque roba, de hecho no va a dejar de hacerlo por tener, sino que seguramente lo haga más a menudo.

La corrupción no es una cuestión individual, es, en último término, la forma natural en la que funciona el sistema capitalista. De hecho el propio sistema se dota de unas leyes mínimas para autocensurarse y no morir inmediatamente de sus propias contradicciones, y de paso, otorgarse un status de respetabilidad. De otra forma sería difícil contar con la connivencia de muchos si se mostraran las cosas de forma descarnada.

“¡Ah! Los ERE andaluces”, escucho a gritos al fondo de la sala, a modo de letanía triunfante.

Efectivamente, los ERE´s andaluces son la prueba perfecta de que cuando un partido político guía su actividad por principios de derechas -esto es, la adaptación a lo institucional como única forma de ser y el exterminio en su seno de cualquier idea realmente transformadora- es bastante probable que la corrupción aparezca como modo normal de funcionamiento.

Casi se podría trazar una ecuación a la inversa: la formación política que no se compromete institucionalmente o que toma lo institucional como una herramienta más en su lucha; la organización política cuyas ideas son de choque con lo establecido; el partido que está vivo y por tanto mantiene unas relaciones dialécticas de control y vigilancia con sus militantes y simpatizantes, rara vez caerá en la corrupción. En resumen, si el activismo político resulta gravoso para el militante ningún oportunista tendrá circunstancia ni motivo para acercarse a esa organización.

¿Ven la diferencia entre tratar la corrupción de forma populista o al modo procedimental del ciudadanismo? Ni repetir incansablemente que eres más “honrao” que nadie te exime de serlo, ni la regulación más tecnocrática resiste el empuje brutal del maletín lleno de dinero entregado por algún contable de pelo silverado.

Caben otras muchas cuestiones que harían de este pequeño esquema algo mucho más amplio. Como por ejemplo la difícil cuestión religiosa, en un momento en que se nos presenta a un Papa cercano al obamismo (esa cualidad de sustituir política real por gestos e imágenes) como si fuera miembro de la Teología de la Liberación -nunca desprecien a la religión, lleva aquí antes que nosotros y estará aquí cuando nos hayamos ido. O la gestión del triunfo, de lo victorioso y ganador, que la derecha lleva incluido en su ADN, mientras que nosotros, de derrota en derrota, lejos de atisbar la victoria final, hacemos gala de un romanticismo decadente respecto a ella.

Recuerden, por último, que el mundo, por muy demente que parezca, funciona sin contar con su complacencia. Que sepamos lo erróneo y absurdo de todo no significa que podamos transmitirlo efectivamente a quienes deberían estar interesados.

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