27 de octubre de 2013

Acuse de recibo

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Escrito por Miguel Ortega.

Esta semana hay varios temas interesantes de debate. Por ejemplo, podría hacer un pliegue jurídico sobre lo que ha pasado con la “Doctrina Parot”, pero ya en clase me han clasificado de etarra por criticarla y decir la verdad: era ilegal. Al menos su aplicación retroactiva; nullum poena sine previa lege. Otro tema interesante fue la huelga estudiantil del jueves, donde para el gobierno el seguimiento fue del 20%: un fracaso absoluto. Realmente, se han dedicado a maquillar las palabras, como hacen siempre. Han dicho una media verdad. Ellos debían querer decir que había un 20% de asistencia por cada metro cuadrado de acera. Eso, o no ven la tele. O son idiotas. O las dos. Pero voy a hablar de un tema que siempre está de actualidad. Todo empieza en el franquismo, cuando a determinadas personas, por tener una determinada ideología se les condenó a no volver a ver salir el sol. Pero es que hoy, peor si cabe, han sido condenadas al olvido. Todos ellos fueron fusilados a sangre fría, enterrados en tierra de nadie, donde se da el binomio vida-muerte entre el crecimiento continuo del verde espesor de los árboles y la muerte eterna de una persona.

Algunas voces, en su mayoría ciegas, critican que esta memoria histórica sea selectiva, porque no se acuerda de los curas que fueron asesinados por el otro bando, o por los “nacionales” asesinados a tan sangre fría como los republicanos. Para todos aquellos que dicen que tenemos memoria selectiva, he de decirles que durante el franquismo esos cuerpos fueron enterrados dignamente -como toda persona se merece-, y que es más: hace menos de dos semanas se le hizo una grandilocuente misa con importantes cargos del Gobierno central en el acto. La memoria selectiva a veces es más selectiva y a más corto plazo de lo que parece.

Los que hoy escuchan sobre sus cabezas el continuo ir y venir de los coches, el temblor de la carretera que provoca el motor de un camión o, sencillamente, el lamento de sus familiares, no volverán a levantarse. Pero más allá de eso, su familia ya nunca podrá pedir unas responsabilidades algo más que merecidas; nadie les dará el acuse de recibo de las lágrimas que le debían.

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