1 de septiembre de 2013

El Monstruo de los Celos: tipos, reacciones, afrontamiento y neurociencia de los celos

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Escrito por Iria Meléndez y Victoria Permuy.

Según Ellis y Wenstein (1), los celos constituyen una parte central del análisis de la emoción que se lleva a cabo desde la perspectiva del interaccionismo simbólico (corriente de pensamiento microsociológica, relacionada con la Antropología y la Psicología Social que se basa en la comprensión de la acción social desde la perspectiva de los participantes).

Así, estas autoras definían los celos en términos de los contextos en los cuales aparece dicha emoción. Para ellas, son tres los aspectos centrales de los celos: en primer lugar, la existencia de un vínculo entre dos personas; en segundo lugar, una serie de recursos valorados por la persona y que se asocian a este vínculo; y, en tercer y último lugar, la intrusión de una tercera persona a la que se percibe como alguien que consigue o quiere llegar a conseguir esos preciados recursos.

En una línea similar, Chóliz y Gómez, en su publicación (2) señalan que los celos están basados en la percepción, real o imaginaria de que una relación significativa está amenazada por una tercera persona. Además, estos autores por su parte, señalan la existencia de varios tipos de celos:
  • Celos Románticos. Constituyen el ejemplo paradigmático de los celos, donde se percibe la amenaza de un tercero que haría peligrar cualitativamente la relación, tal como ésta se defina.
  • Celos en la Amistad. Las relaciones de amistad conllevan un grado variable de intimidad pero, a diferencia del amor, no llevan implícito el componente de decisión-compromiso, entendido tal y como lo definió Sternberg (véase artículo sobre el amor).
Sin embargo, proporcionan experiencias reforzantes y son fuente de apoyo social y, en este sentido, aunque la amistad no presupone la exclusividad que se da en la pareja, pueden presentarse celos en este contexto.
  • Celos sospechosos. Aparecen cuando la amenaza es incierta, pero quien los tiene está convencido de que sí existe. Se caracterizan por una fuerte inseguridad, ansiedad y fantasías, pero no llegarían a lo patológico.
  • Celos consumados. Cuando la amenaza es real, constatada y el deterioro de la relación es evidente. En este tipo de celos, el efecto que podemos encontrar es variable, en función de que uno se centre en la pérdida de la relación (tristeza), en que se ha sufrido una traición (ira), en los defectos propios (depresión) o en la superioridad del rival (envidia).
  • Celos patológicos. Se basan en una creencia anormal de que su pareja es o le será infiel y la creencia se mantiene sin fundamento ni base real. Estos celos son resultado de sesgos en el procesamiento de información. Este trastorno se caracteriza por pensamientos intrusivos, sospechas, conductas acusatorias y de registro llevadas al extremo. En estos casos, incluso llegan a evitarse situaciones sociales que el celoso patológico considera amenazantes y, además, estos celos conllevan un riesgo adicional de violencia doméstica.
Reacciones ante los celos
De manera general, podemos distinguir dos tipos de afrontamiento, directo e indirecto, según señalan en su trabajo Carrera y García (3). El afrontamiento directo de los celos sería más activo y en él se confrontaría la situación para buscar una solución y, además, se llevaría a cabo más fácilmente cuando el nivel de celos es moderado. Por su parte, el afrontamiento indirecto sería más pasivo; es decir, la persona estaría más centrada en el mantenimiento de la relación, más que en la confrontación, dirigiendo sus esfuerzos a manejar su propio malestar interno. Este tipo de afrontamiento se asocia a personas con niveles más bajos de autoestima.

A continuación pasaremos a desentrañar las características neuropsicológicas que subyacen a una emoción tan compleja como los celos.

EL MONSTRUO DE LOS CELOS
En más de una ocasión, todos en mayor o menor medida sentimos celos, no sólo en el amor, sino también en el ámbito laboral o cualquier otro ámbito competitivo.

“Imaginémonos en la situación común de los celos: repentinamente me entero de que mi compañera ha tenido una relación con otro hombre. Bien, no hay problema, soy racional, tolerante, lo acepto…: pero entonces, irremediablemente, las imágenes empiezan a abrumarme, imágenes concretas de lo que hacían (¿por qué tuvo que lamerle precisamente ahí?, ¿por qué tuvo que abrir tanto las piernas?), y me pierdo, temblando y sudando, mi paz se ha ido para siempre” (Zizek, 2010).

A pesar de que todos lo hayamos experimentado, nadie lo desea sentir, esta característica no sólo te hace sentir dolor y ansiedad por desear lo que no posees, sino que proyecta inseguridades y sentimientos de inferioridad frente al objeto que produce tantos celos y rivalidad.

Digamos que estás casado y eres patológicamente celoso, y piensas que tu esposa está acostándose con otros hombres. Y digamos que tienes razón, que te está engañando. Lacan diría que tus celos siguen siendo patológicos. Incluso si es verdad, es patológico, porque lo que lo hace patológico no es que sea verdad o no, sino por qué inviertes tanto en ello – ¿qué necesidades debe satisfacer? (4, 6).

Desde la neurociencia se ha intentado buscar posibles respuestas:
En un estudio publicado en la revista Science (5) se realizaron algunos experimentos en lo que se pretendía encontrar cuál es el área de nuestro cerebro que nos hace sentir celosos. Los resultados fueron claros, parece que ese “monstruo” que habita en nuestros cerebros se encuentra en el lóbulo frontal.

A los participantes se les pedía que hablaran sobre un rival exitoso. En las imágenes de resonancia funcional, se demostraba que las zonas coloreadas en amarillo y naranja (localizadas en el lóbulo frontal) eran las encargadas de monitorear los celos de los participantes (Fotos 1 y 2). Estos resultados fueron corroborados en una segunda parte del experimento. Esta consistía en la lectura de una historia en la que el rival de cada voluntario sufría una enorme serie de desgracias, entre las que se incluía envenenamiento.



Los datos del escáner mostraron una mayor actividad en la parte del cerebro encargada de las sensaciones de recompensa, región que normalmente se activa con los mecanismos de recompensa.

Lo curioso de todo esto es que el área resaltada es la misma que se encarga de monitorear el dolor físico en el organismo, correlacionando las sensaciones físicas con el malestar emocional. Se podría decir que la envidia o los celos nos producen un malestar comparable al dolor físico.

En palabras del autor del estudio “Los infortunios de las personas que envidiamos nos saben a miel y existen regiones específicas en el cerebro que se encargan de procesar esa miel”. Es lo que ha sido denominado en psicología con el término alemán “schadenfreude”.

¿Qué diría Otelo al respecto?


BIBLIOGRAFÍA:
(1) Ellis, C. and Wenstein, E. (1986) Journal of Social and Personal Relationships; September vol. 3, 3, pp. 337-357.
(2) Choliz, M. y Gómez, C. (2002). Emociones sociales II. En F. Palmero, E.G. : Fernández- Abascal, F. Martínez y M. Choliz. Psicología de la Motivación y la Emoción. Madrid: McGrawHill.
(3) Carrera Levillain, P. y García Marcos, L. (1996). Conocimiento Social de los Celos. Psicothema Vol. 8, 3, pp. 445-456.
(4) El acoso de las fantasías. Slavoj Žižek. Siglo XXI. 2010.
(5) When Your Gain Is My Pain and Your Pain Is My Gain: Neural Correlates of Envy and Schadenfreude
Hidehiko Takahashi, Motoichiro Kato, Masato Matsuura, Dean Mobbs, Tetsuya Suhara, Yoshiro Okubo.
http://www.sciencemag.org/content/323/5916/937.abstract.
(6) Viviendo en el final de los tiempos. Slavoj Žižek. Akal. 2012.

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