17 de agosto de 2013

Una estafa aplaudida

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Escrito por Miguel Ortega.

El otro día Cospedal fue a declarar a la Audiencia Nacional por el caso Bárcenas. Lo típico, llega en coche oficial, se baja sin tan si quiera mirar a las cámaras y entra en el juzgado. Sale sin mirar a la cámaras, se mete en el coche oficial y se larga vaya usted a saber donde. Hasta ahí lo normal. Pero esta vez hubo un toque de distinción, un tizne nuevo que le dio mucho morbo a nivel nacional a esta entrevista judicial. Unas máquinas -de las productoras y consumidoras que decía Sampedro- fueron allí a aplaudir a la representante de un partido corrupto y ya de paso a reírse de unos ancianos a los que les habían quitado absolutamente todo. Ese anciano no estaba ahí por política; no estaba ahí por ser del PSOE o de IU o por ser un antiguo brigadista republicano. No. Ese anciano estaba ahí porque todo el dinero que tenía en el banco se lo ha quitado alguien, alguien que se lo debe devolver, y va a protestar a Cospedal porque es la hoy está en el poder y quiere que se lo devuelva.

Yo me meto en la piel de ese anciano y pienso en mi abuelo -cosa que en derecho por ejemplo no se debe hacer, pero no me sale otra cosa en estas situaciones-. Mi abuelo, de manera clandestina y a escondidas de mis padres y del resto de mi familia me da dos o cinco euretes de vez en cuando porque quiere, porque puede hacerlo; y está muy orgulloso de poder hacer algo que su abuelo no pudo hacer por él. Y ahora pienso que si le hubieran quitado todos sus ahorros -que por lo que tengo entendido casi ocurre- él no podría hacerlo. No podría darle a su nieto dos, cinco, diez euros o veinte céntimos, porque también tiene que comer y ya pasó hambre cuando la tuvo que pasar. Y es ahí cuando todo ese odio, la rabia contenida sale al exterior y aparece un profundísimo asco hacia los niñatos que estuvieron allí riéndose de ese anciano; y más sabiendo que muchos son de aquí, de mi tierra, de Cuenca, y que seguramente me los tenga que cruzar por la calle.

Ya no es un tema político. No es porque yo sea socialista, comunista o anarquista, o un antisistema o lo que quieran llamarme. No es por eso. Es por humanismo, es porque ese anciano merece que los que le han engañado le devuelvan hasta el último céntimo que les han robado, y que caiga quién tenga que caer. Si se hunde un banco, que se joda, que se lo hubiera pensado antes de timar premeditadamente a los ancianos hoy llamados preferentistas -término asqueroso, por cierto, porque no son preferentistas; son personas como tú y como yo a los que han engañado y robado de manera institucional-. Mañana, los que allí llevaban sus polos de Ralph Laurent, sus pantalones ajustados y sus mocasines de piel no serán conscientes de lo que han hecho, ya nadie puede hacer nada por ellos; porque seguirán produciendo y consumiendo, siendo unos “mandaos” y yendo a aplaudir a donde tengan que ir; y todo esto es porque se han olvidado que de vez en cuando tienen que pensar.

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