27 de agosto de 2013

Siglo XXI, increíblemente

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Escrito por Miguel Ortega.


Es difícil de creer, pero ya estamos en el siglo XXI. Tras las protestas homófobas en Francia contra la ley
aprobada por los socialistas a favor del matrimonio homosexual, y el escupitajo que lanzó al progresismo social Putin en su peculiar ley “contra la propaganda homosexual”, seguimos viendo en televisión cómo este sector sigue siendo discriminado, insultado e incluso agredido físicamente de manera constante en países como Rusia, Bulgaria o Rumanía; aunque en el primero especialmente.

Putin no ha movido un dedo contra la homofobia porque a fin de cuentas él fue el retrasado (socialmente, digo) que aprobó la ley contra los homosexuales; pero nadie ha dicho nada. Ningún gobierno ha dicho que le parezca mal, o que pensara que eso se debía modificar... todo muy diplomático, sí, pero dicho habría quedado. Quizá algún dirigente de la oposición de algún país se ha atrevido tímidamente a criticar al nuevo máximo exponente de la homofobia europea, aunque sin demasiada importancia; algún actor, algún deportista... Pero las críticas reales, los auténticos actos de rebelión contra esta ley y la violencia generalizada contra la homosexualidad las ha llevado un particular, un ciudadano, en este caso con nombres y apellidos: Óscar Olmo. Óscar concentró ayer viernes en Madrid a las 11,00 de la mañana a todo el colectivo gay que pudiera acercarse para darle un beso a la inmoralidad. En Palma de Mallorca se siguió está idea y se internacionalizó al realizarse en Lisboa y Santiago de Chile.

Estas protestas están hechas de corazón, y con ganas de cambiar las cosas. El problema es que Putin se sentó un día en el Kremlin, y el sofá de terciopelo hace que se la sude todo lo que pasa a su alrededor; por tanto, el colectivo que está en contra de la homosexualidad tiene vía libre para insultar, vejar, agredir y maltratar al gay o la lesbiana que se ponga por delante. ¿No dijo que iba a vigilar de cerca las agresiones hacia los homosexuales? Pues levántese ya del sillón y haga cumplir la ley, porque no sería políticamente correcto no permitir a dos hombres darse la mano por la calle, pero sí permitir que dos hombres lleven dos palos para pegar a los que van de la mano.

 Por eso, aunque las intenciones sean bellísimas, y el gesto haya conseguido llegar a oídos de los grandes trajes europeos, quizá sea hora de darle un guantazo a los represores, en vez de lanzarles un beso -magnífico, ya digo- a sus podridos ideales.

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