8 de agosto de 2013

Presentaciones, izquierda y rock&roll

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La historia es implacable con los que pierden, pero lo es más aún con los que lo hacen pretendiendo cambiar su rumbo. La izquierda perdió y lo hizo de forma estrepitosa; sí, hablo de la Caída del Muro y todo lo demás. Dio igual que aquello representara una visión de la izquierda, una evolución histórica de una parte de un proyecto: aunque muchos pretendieron buscar un lado positivo, una nueva puerta que se abría entre los escombros, incluso los que se decían alejados del gobierno de Moscú pagaron el estropicio entre cascotes rotos, tanques disparando a la Duma y oligarcas horteras sonriendo sin vergüenza mientras que despedazaban el Imperio del Mal.

Desde entonces, la gente de mi edad -rebasando la treintena- sólo hemos conocido la derrota y el retroceso. No ha sido ya la vaporización del proyecto de la gran subversión -tangible realmente todavía hace unas pocas décadas- sino la desaparición de pequeñas conquistas parciales diluidas en un reformismo que aceptó -ya sin sonrojarse- el papel de comparsa simpática dentro del libre mercado. Se empieza intentando construir una sociedad nueva y al final se acaban construyendo rotondas.

Quizá esto haya hecho que las generaciones de las que hablaba hayan sido las que más se han cuestionado cualquier tipo de dogma y verdad absoluta dentro del pensamiento crítico. Las grandes fidelidades políticas pasaron a mejor vida, sustituyéndose por una búsqueda de nuevas formas de entender y hacer.

Sin embargo en este camino de repensar la izquierda vamos camino de despeñarla, justo en el momento en que más falta nos hace una forma estructurada de entender la realidad para poder intervenir en ella y cambiarla.

Uno de los debates centrales que se dan en este proceso de encontrar nuevas vías de teoría y acción es el referente a la clase obrera. No entraré en él de forma directa. En los últimos treinta años -no en las últimas semanas- se ha escrito mucho al respecto.

Sí, por el contrario, me gustaría hablar de lo que subyace tras este debate, que como todos se lleva a cabo no como un mero análisis de una situación concreta, sino como la piedra angular desde el que se van a desarrollar ideas posteriores.

El hecho de negar la existencia de la clase trabajadora (las clases medias), o aludir que ha perdido su papel principal como sujeto histórico de cambio (el 99%) lleva irremediablemente a plantear, no ya la no necesidad de un partido concreto, sino la de la propia izquierda como ideología transformadora (somos los de abajo contra los de arriba). En definitiva, de liquidar la lucha de clases como explicación fundamental de avance de la historia.

A mí me parece bien, todo el mundo tiene derecho a plantear sus teorías, exponer sus análisis o buscar sus cinco minutos de fama; incluso ese sector minoritario de la población (jóvenes profesionales cualificados de clase media) que debido a la crisis han visto truncado su brillante futuro encontrándose con un inesperado y precarizado presente.

Los que carecíamos de futuro antes de la crisis quizá vemos las cosas de forma algo diferente. Y aunque las experiencias personales son sólo eso, si valen a veces, para hacerse una idea de cómo funcionan las cosas a nivel general. Basta haber pasado varios años cogiendo el cercanías para observar qué somos: pocos más que unidades de producción, mercancía tan sacrificable como cualquier otra.

Miren atentos en cualquier gran estación las riadas humanas que suben y bajan de los trenes, que atestan los andenes vestidos sin mono azul pero con trajes baratos, que arrastran los pies camino de su casa y dejan la mirada perdida observando un mundo que les es ajeno pero a la vez completamente familiar. La vida enseña (si se está atento).

Muchas veces me pregunté, en esos largos viajes entre la periferia y el centro, cuando todo parecía ir bien, cómo podíamos vivir de aquella forma; cómo podíamos considerar una opción razonable quemar nuestros años, nuestra creatividad, nuestra energía, en trabajos mayoritariamente insulsos cuyo único objetivo era enriquecer a los propietarios de los mismos; cómo nos podía satisfacer aquella recompensa hipotecada a cuarenta años, llena de tecnología para aislarnos del mundo y sobre todo de nosotros mismos. Nunca he trabajado en una gran fábrica, pero si en un call center, y hasta en lo estético, aquellas largas hileras de ataúdes envolventes que impedían ver al compañero de al lado, la compulsión en recoger llamadas en vez de apretar tornillos, aquello parecía asemejarse bastante, incluso superarlo en maldad.

Porque en las novelas de los angrys situadas en la Inglaterra de post-guerra que leía en el tren, los compañeros de trabajo sabían que lo eran, mientras que aquí a lo sumo conseguí intercambiar algunas frases sobre el tiempo con los más cercanos. Un día, por febrero del 2003, después de haber colocado a escondidas pegatinas en los baños contra la Guerra de Irak, haber repartido panfletos en la estación a la salida del trabajo, me levanté y le dije a mi coordinadora -nunca olvidaré su cara de estupefacción- que me iba, que había una manifestación y que aquello era más importante que tapar la pésima gestión de una multinacional de la comunicación. Recuerdo a mis compañeros mirarme desde los puestos; ninguno, obviamente, me acompañó.

La anécdota, además de ilustrar cierto furor juvenil y la ausencia en mi vida de necesidades económicas reales, sirvió para que no me renovaran, pero también para que empezara a plantearme que algo fallaba, que a pesar de que teníamos razón -porque, joder, éramos de izquierdas, éramos los buenos- la gente parecía no hacernos demasiado caso. Hoy, tras años de una crisis que ha llegado para quedarse, cuando la indignación se torna abnegación, cuando la gente, a pesar de todo lo que nos ha caído encima, manifiesta un rencor abstracto más que una rabia razonada, la izquierda transformadora sigue sin ser definitoria en esta sociedad.

Ese es el debate que tenemos que llevar a cabo. No sobre si existimos o somos contingentes, sino cómo volver a resultar necesarios en la vida cotidiana de las personas que nos rodean; cómo quizá dejamos de interesar cuando dejamos de ser nosotros, no por ser nosotros; cómo hacer ese tránsito que separa la realidad y el deseo, el momento actual y nuestros objetivos. Y debemos dibujar el mapa mientras caminamos, no nos queda más remedio si no queremos que otros, los que todavía tapan su camisa parda, se nos adelanten.

De eso irá este espacio que me brinda Hablando República, en el que intentaré aportar mensualmente todo lo que pueda, que aún siendo poco, es siempre mejor que nada.

Empecemos a acabar recordando la letra de una de las canciones que más me evocan lo que es ilusionarse con algo cuando se descubre, Rock and Roll de Velvet Underground:

Jenny decía que cuando tenía cinco años nunca pasaba nada
Ella siempre encendía la radio y no pasaba nada, nada de nada
Entonces una hermosa mañana ella puso una emisora de Nueva York
Ella no podía creer lo que estaba sintiendo
Empezó a bailar al ritmo de aquella gran música
El rock and roll salvó su vida


Así debería ser la izquierda, hacer que pasen cosas cuando parece que nunca va a pasar nada, colarse en la vida de la gente y ponerla a bailar, hacer de su existencia algo memorable que merezca la pena ser contado.

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