25 de agosto de 2013

La duda como principio hacia la transformación

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“… Tan fácil es que los hombres crean en cosas a las cuales han dado crédito otros hombres; con donaire y destreza puede sacarse mucho partido de su miedo e ignorancia.” Thomas Hobbes “ Leviatán, 1651

Y así nos encontramos hoy. En un mundo en el que el desconocimiento es la base y la causa de no transformar, no reinventar y no probar nuevas formas de coexistencia.

Año 2013, habiendo pasado por circunstancias tan detractoras e inhumanas, echando la vista atrás y desde el momento en que el ser humano civilizado se dio el gusto de permitirse y otorgarse unos derechos, divulgó la creencia y aceptó las leyes universales de un Dios, una Naturaleza y un poder auto-concedido para expoliar, aberrar, atentar y matar todo aquello que con su exterminio obtuviera su deseo justo de pertenencia.

… seguimos sumando.

Y es que no estaría de más diferenciar entre creencia y verdad. Tendríamos que obligarnos a discernir, y para lograrlo, deberíamos distinguir unos grados de conocimiento: “que la realidad confirme mis creencias una vez no significa que estas sean verdaderas”; frase que se me quedó grabada en aquellos días en los que te pedían pruebas fehacientes de cualquier cosa que pretendieras afirmar.

Pues bien, recalcando “una vez”, no sólo con una bastaría, ¡ojala muchos siguieran dudando de cada creencia que les es impuesta! La duda significa el principio de la no conformidad e implica la no desigualdad, la no privatización de los derechos humanos. De este modo, un texto del año 1651 quedaría obsoleto en este avance de La Humanidad de casi 400 años. Llamándolo así por nombrarlo de alguna manera.

Algo está claro, la lucha de nuestros antepasados. Desconocidos que un día, seguramente agotados de tanta irracionalidad, decidieron gritar al unísono.

Adelantados a su época, promulgando unos valores naturales para hacer posible esa coexistencia dentro de la enormidad a la que llamamos Planeta Tierra y ya puestos, esa grandeza a la que pertenecemos, el Universo, y me repito diciendo: pertenecer, formar parte de. Nosotros sí formamos parte de algo que escapa a nuestro control, menos mal… Diminutos seres que conjugan una comunidad, relacionándose entre otras y dando significado a las sociedades, culturas, pueblos, razas y especies, que a su vez convergen en un territorio. Desde muy pequeña me enseñaron que eso es la convivencia… la Vida.

Se me hace triste pensar que no podemos seguir transformándonos, que todas esas luchas anteriores a nosotros se queden en parte de la Historia, que sigamos sumando catástrofes antinaturales, catarsis humanas y que nos sigamos conformando con el tiempo presente, porque es lo que conocemos y lo desconocido nos asusta, nos paraliza y no nos deja actuar.

Parece obvio ¿verdad? Y en parte así es. Lo que no sabemos lo tenemos que aprender, aunque primero hay que, mejor que borrar, corregir, tener en cuenta, muy a nuestro pesar quizá, pensamientos e ideas escritas tan antiguas como la de T. Hobbes y poner un punto y aparte. Recoger la cosecha y sembrar para el año venidero. ¿Y si no llueve lo suficiente? Ese es el miedo del agricultor, igual que el nuestro, es un miedo por desconocer, por ignorar lo que no podemos dirigir, con una gran diferencia: el campesino se levanta cada mañana para tener algo que recolectar al año siguiente.

¿Por qué cambiar lo que nos es dado por herencia cultural?

¿Y por qué no?


Caen. Ligeras, libres y entusiasmadas por chocar y estallar. Expandiéndose. Cruzándose con otras de igual a igual. Formando pequeñas comunidades, unas dentro de otras, de todos los tamaños y con el color que la luz les otorgue... Y ahí te encuentras tú. Entre todos esos diminutos y a su vez, enormes círculos de vida. Porque hay espacios, recuerdos y personas que se transforman, pero las gotas siguen cayendo y el agua aún significa, entre otras muchas cosas, Vida. 




Fotografía de: Juanjo Bayon 




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