15 de agosto de 2013

El cuento del niño consentido

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Cuento escrito por @Raskolnistan.

Mi madre siempre me mandaba a comprar el pan. Y yo creo que era porque el gordo y blanquecino dueño de la carnicería, Don Anselmo, no me hacía esperar cola. Tampoco la paliducha y onerosa frutera Señora Ovidia. Yo rentabilizaba mucho más el tiempo y, al fin y al cabo, tampoco me importaba obedecer. Ni mi madre quería salir mucho de casa, ni yo deseaba permanecer mucho en ella. Todo en su sitio.



Mis privilegios con respecto a las largas colas de los pequeños comercios del pueblo venían de mucho tiempo atrás. Yo era un niño que le daba pena a todo el mundo. La verdad es que lejos de convertirse en un incordio, saqué mucho partido de mis supuestos traumas, sobre todo durante las clases. Los profesores siempre fueron condescendientes conmigo. Si hacía algo bien, mis esfuerzos eran titánicos. Si, en cambio, tropezaba en un examen o me esfumaba en una clase a los recreativos del pueblo para invertir en el Street Fighter II, entonces se me justificaba diciendo que esos altibajos eran normales y, de nuevo, sobrevaloraban mis logros. Caminaba por encima del suelo, era el niño Dios. Incluso las collejas cariñosas que recibía de vez en cuando del quiosquero, un hombre joven y bizco que con sus guantazos pretendía ser amable, tenían un sabor especial. Cuando tocaba agresión era porque dentro de la revista Pronto, que era el "periódico" que leía mi madre, a veces dejaba escapar algún que otro preciado sobre de cromos.



Mi infancia, tan facilona, solo tuvo un momento cargante. Tras hacer la comunión, el cura, también extrapreocupado por mí, quiso hacerme monaguillo. Mi madre habló con él y estaba encantada de la vida. Podía llegar a ser el hombre de confianza del párroco, nada menos, en un pueblo que, aunque besaba el fin de milenio, seguía instalado en absurdas tradiciones. Y yo no quería, claro. Lo mío eran los parques, jugar al fútbol, gastarme la paga en las maquinitas y estar prudentemente cerca de Jazmín, una preciosidad filipina de ojos claros que residía, por cosas extrañas de la vida, en la calle de abajo. Mis negativas no fructificaban porque el mundo complaciente entendía que era lo mejor para mí. Tardé casi un año, tras charlas frecuentes y dos conatos de ensayo, en encontrar la forma adecuada de que mi madre desistiera de amargarme la vida por mi bien. Solo tres palabras, claves, eficaces, mágicas: Me pongo nervioso.



Y si el niño se pone nervioso, que lo deje, no se vaya a alterar. Tamaño descubrimiento no aparecía en los libros del colegio pero era tan eficaz como la medicina esa que me daba mi madre cuando tenía lombrices, o la roja que tomaba ella para dormir, justamente cinco segundos antes de comenzar a roncar sobre el sofá. Ponerse nervioso es malo y más para un niño como yo, con un trauma tan grande.



A él voy. Se trata de mi primer recuerdo. Después de aquello, nada volvería a ser igual. Salíamos de casa de mi tía, en un pueblo a unos treinta kilómetros del nuestro. Era mediodía. Mi padre al volante de su Citroen BX que era capaz de subir su culo por no sé qué sistema que dejaba impresionados a todos los vecinos. Yo, detrás de él. Por las curvas y los desniveles del terreno, yo me dormí enseguida. No sé cuánto tiempo, apenas tenía cuatro años. Un golpe brusco me despertó, solo vi el coche volando, dando vueltas como en las películas, como en una montaña rusa de las que solían montar en las ferias. Yo me zarandeaba pero iba bien agarrado con el cinturón de seguridad. Mi padre no. Parecía un pelele de un lado a otro de la parte delantera del coche. Recuerdo que golpeó con fuerza contra la ventanilla y el cristal se rompió, porque algunos pedazos cayeron sobre mí, como cuando a veces mamá conducía fumando y pensaba que la ceniza salía por la ventana cuando en realidad iba directa hacia mis ojos.



Después vino el silencio. El mundo de los mayores. Cuando yo desperté, mi padre se echó a dormir. No me asusté. El coche quedó boca arriba pero no me atreví a salir de él. Me quité el cinturón de seguridad y pasé a la parte delantera. Todo eran hierros, no se reconocía ni el volante siquiera. Procuré no cortarme con los cristales y me puse junto a mi padre. Sangraba por la cabeza. Le llamé y no contestó. Volví a hacerlo pero tampoco me hizo caso. No era una novedad, mil veces había intentado despertarle por las mañanas para que me hiciera el desayuno, pero debía de tener el sueño muy profundo. Por más que tiraba de su brazo, de su pierna, nada. Al final tenía que ser mamá la que se levantara para hacérmelo. Le di por imposible y me abracé a él. Y bostecé. Al fin y al cabo, dos minutos antes yo disfrutaba de un plácido sueño que no hubiera finalizado de no ser por los violentos movimientos del coche.



Sentí hambre, pero volví a cerrar los ojos. Sentí sed y bebí de una botella de agua que llevaba mi padre en la guantera para mí. Eso sí, no tuve que averiguar el modo de abrirla, porque la tapa había desaparecido. Tuve ganas de hacer pis y quise decírselo a mi padre, pero seguía durmiendo. Miré por la ventanilla y ya estaba oscureciendo. No se oían coches, ni un ruido siquiera. Entonces lo que sentí fue miedo y nada mejor que volverme a abrazar a mi padre para que se me pasara, aunque me hiciese pis encima. Me lo iba a perdonar, seguro. 



¿Qué me podía ocurrir en sus brazos? Tuve un escalofrío y noté sus manos heladas. Al menos compartimos esa sensación aquella noche.



Amaneció y yo ya me aburría de verle durmiendo. Quise llorar para llamar su atención, pero no me dio tiempo. Varios hombres se acercaron hasta nosotros descendiendo por un monte con mucha pendiente. El coche había caído por un terraplén y llevaban casi veinte horas buscándolo. La vida es así, todo el mundo preocupado y nosotros, ya veis, durmiendo. Después, llegaron unas ambulancias y comenzaron a pasarme de brazo en brazo, Algunos lloraban. ¡Menudo susto les dimos! Cuando dos enfermeros se acercaron a mi padre, parecían muy asustados. Entonces vi esa mirada, la de darles pena, por primera vez. Yo les dije: “Seguro que no se despierta, es muy dormilón”. Y me llevaron a un hospital. De camino, volví a dormirme. De lo de después, ya recuerdo pocas cosas, hasta verme en mi habitación junto a toda mi familia.



No soy tonto. Sé lo que pasó. Desde entonces, todos han sufrido más por mí de lo que yo había padecido realmente en aquel coche. Fui, hasta que abandoné aquel pueblo, el pobre niño que se abrazó a su padre muerto durante horas. Sí, por supuesto, me quedé sin padre, pero él, incluso sin vida, me tranquilizó todo el tiempo. De todo eso aprendí una lección. Cuando te ocurre el ABC del dolor, es decir, cuando se te mueren o sufren los más importantes de la vida de uno, pocas cosas después pueden dolerte más. Y recuerdo que años después un personaje de una película argentina que vi en un cine de Salamanca, con un cabezón delante que apenas me dejaba ver las esquinas de la pantalla, decía una cosa muy parecida a la que yo sentía, sin saber ponerle nombre. Era cierto. Se vive mucho más tranquilo y se siente uno mucho más fuerte cuando se tiene la seguridad de que pocas cosas de las que te pasen en un futuro podrán dolerte tanto como lo que ya has pasado. Eso, y que le des pena a la gente para que no te haga esperar cola o para que te regale cromos, son las cosas que sí te hacen caminar por encima del suelo. 



Desde entonces, levito. Mi corazón es más fuerte. Tengo alma. Y, para colmo, pienso pelear.

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