6 de julio de 2013

Una calle colorida

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Escrito por Miguel Ortega.
 
 Fuencarral abajo, frontera con Chueca y toda la cultura “alternativa”, dos turistas un poco garrulos charlaban entre sí, anonadados por el espectáculo barroco al que asistían: pelos anaranjados, azules, pieles tatuadas, barbas de tres días restregándose las lenguas, cuatro calzoncillos a veinte euros el calzón...
 
Estos maricas, decía el que ilustraba al otro, es una cosa como otra cualquiera, una moda. Mira, hay una cosa que se llama la Fuerza Rosa, que son del PP. Una corriente de esas de los partidos pero compuesta solo por homosexuales de derechas. No, si tontos no son. Ellos saben que los de derechas viven mejor, así que se hacen de derechas.

Pero el PSOE -dice el otro- los apoyó en su momento. 
Claro -vuelve el ilustrado- porque necesitaban sus votos. Como el PP, que también los necesita ahora.

Se va haciendo la hora de comer, pero la gente abarrota la calle más colorida de Madrid y no se nota que pasa el tiempo. Los turistas -todavía un poco garrulos- giran a la izquierda y pasan a ser el espectáculo que miran los maricas de brazos de camionero desde las ventanas de algún bar de ambiente.

Luego están los otros -vuelve el más ilustre- los que lo son por vicio. Pero esos son otra cosa. Esos no buscan nada más que eso. Han nacido así o vete tu a saber. Solo vicio, no te creas.

Es curioso. Me gustaría saber como este sociólogo de andar por casa cataloga en una tarde a unos y a otros durante la manifestación. Será cosa de ver y de contabilizar sus aciertos. Y más curioso todavía: incluso en tiempos de crisis, no se acaban los tontos.
 

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