2 de junio de 2013

Jugando a buscar comida en la basura

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El terrorismo (financiero) no está ni en desiertos lejanos, ni en montañas remotas. En eso tenía razón Aznar.

No he podido viajar mucho. He visto rebuscar en la basura a niños de Estados Unidos, Senegal y Gambia, nada más. En España, en Madrid, en mi barrio, había visto a gente normal, adultos, incluso a ancianos, pero no a niños. El domingo 26 de mayo bajé a un mercadillo en el que mis pequeños colaboraban comprando y vendiendo productos para una Asociación que trata de ayudar a una niña enferma. Antes de acercarme, pasé a echar gasolina. Junto a unos contenedores que había frente a un McDonald´s, estaban dos niños de unos seis y cuatro años, jugando y riendo. Me fijé en la niña porque me recordaba a la mía. Dos coletas, una sudadera atada a la cintura y camiseta blanca que publicitaba no se qué marca comercial. Después, me di cuenta que el juego consistía en a ver quién encontraba antes algo que comer dentro de las bolsas de basura que su padre había sacado del contenedor. Tenían otra bolsa negra y grande, donde iban guardando lo que podían.

No soy fotógrafo y tampoco soy quien para robarles la intimidad retratando aquella desvergüenza. Parecían felices, y seguramente lo eran. Simplemente hacían lo que tenían que hacer y todos los niños encuentran diversión en cualquier parte, a cada cosa horrible saben sacarle un lado positivo. Pocas, muy pocas cosas, alteran la felicidad y la alegría de un niño. Aunque esas sonrisas duelan. Y mucho.

De vuelta a casa, leo en Twitter que siguen las disputas entre la izquierda, de las que sacan tanto partido esos terroristas financieros. Unos no quieren votar, porque quienes lo hacen legitiman el sistema o porque todos les parecen lo mismo. Otros piden el voto pero se enredan en batallas intestinas que tienen más que ver, a veces, con el propio ego, que con las propuestas que publicitan. Algunos, más despistados, confunden la justicia social con la caridad, cayendo en la eterna trampa del Estado Neoliberal.

Seré claro. Ningún partido político de izquierdas, ningún movimiento social de la calle, más o menos alineado con la política, merece el menor respeto mientras no tengan como único objetivo que esa niña no tenga que ser feliz rebuscando en la basura. Aquí no hay debates. No se trata de ser una cosa o la otra, de abrir unos frentes u otros. La izquierda no puede tener más programa que poner fin a lo que representa esa imagen que yo vi ese domingo y que otros muchos habrán visto otras tantas veces.

Esto no tiene nada de manifiesto antipolítico sino, más bien, todo lo contrario. Esto es solo un recordatorio de que lo que nos une es realmente eso: la justicia y la igualdad social, sin peros, sin nombres, sin caretas. Y no me cabe duda de que hay gente, tanto en los partidos como en los movimientos sociales, que opinan como yo.

Pues, amigos, dejémonos de gilipolleces.


Escrito por Raskolnistán.
 

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