13 de abril de 2013

Sobre mi apoyo al Chavismo

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Esta semana murió Hugo Chávez. Me apenó mucho el suceso, siempre le he defendido. Bueno, para serle a usted sincero, no siempre. A los dieciséis años, estudiando cuarto de ESO - de ciencias, quién lo diría - vi como nuestro Rey mandaba callar al Presidente del Gobierno venezolano. Como podrán comprender, yo no tenía demasiados conocimientos por aquel entonces, pero algo entendía. Así, no creí de recibo que un señor sin legitimidad democrática ninguna pretendiera cortar a otro señor, elegido por su pueblo en reiteradas ocasiones, el uso de la palabra. No la tenía, de hecho. No estuvo bien, pero me mostré - y me muestro todavía - bastante condescendiente con el Comandante. Se aludieron mutuamente en sus discursos, con una diferencia. Hugo lo hizo primero, y Rodríguez Zapatero tuvo su turno para responder.


Este hecho marcó mi vida. Desde entonces soy un seguidor más del Chavismo. Ahora, sin embargo, con razones un poco menos sentimentales, y un poco más racionales. No soy tan joven, por suerte o por desgracia. Quizá el hecho de ser latinoamericano ha condicionado mi filiación política.

La historia de Latinoamérica, desde el siglo XX, ha venido marcada por el dominio absoluto de EEUU sobre la región. Sudamérica y Centroamérica han vivido subyugadas a los intereses imperialistas del gigante "yanqui". Los mandatarios aparecían y desaparecían. De títeres estadounidenses - que no americanos, por Dios - a populistas de la izquierda, de un día para el otro. Hay países y países, todo hay que decirlo.

Además, desde la caída de la URSS existe una desprotección absoluta frente al liberalismo. Chile es, en lo relativo a este aspecto de la historia, un país ejemplar. Su dictadura, auspiciada, como no, por EEUU, dirigió el terrible proceso de implantación del neoliberalismo en el país. Ahora los estudiantes se las ven y se las desean en las calles para conquistar la educación pública, inexistente. El Estado, de hecho, es inexistente. Esto, por cierto, y aunque parece lejano, está llegando a Europa. América Latina ha sido siempre más inestable políticamente, y por eso fue más fácil el avance del órdago neoliberal.

Frente a ello, se levantan allí políticos como el líder sobre el que hoy les hablo, que con su discurso anti-imperialista y sus ideales socialistas conquistan al electorado. Ninguna de las dos ideas me gusta, pero como usted imaginará, siempre apoyaré a la izquierda, porque cuando esta falta, se abre la veda. Permítame usted pensar que los venezolanos no son tontos, y que si lo votan tienen sus razones. Ahora millones de ciudadanos comen o son atendidos en hospitales públicos gracias al disparado gasto social sostenido por el petróleo.

Se dice, por cierto, y a este respecto, que ha polarizado la sociedad, cuando lo que ha pasado es que ahora ésta integra a todos los venezolanos, y han surgido los conflictos propios de cualquier Estado en vías de desarrollo. Hay una cantidad creciente de recursos, y es necesario distribuirlos. Antes se los quedaban las élites oligárquicas, ahora se reparten.

Pero vayamos al fondo que está detrás de estas afirmaciones. Fíjese bien, cuál es la situación. El contrapoder de la izquierda surge, precisamente, para combatir el poder del todopoderoso Estado estadounidense. Los distintos pueblos de todo un continente intentan preservar su soberanía y, de paso retener algo de lo que producen sus Estados para entregarlo a las clases menos favorecidas por el - inhumano - sistema capitalista y sus líderes son duramente criticados. El imperialismo siempre sale bien librado ante la opinión pública de Occidente. Es evidente que, mientras EEUU siga sobrevolando encima de la región, esta nunca se verá liberada. No cabe pensar en una democracia al uso, con multitud de partidos y el voto repartido dentro de una sociedad partida, inevitablemente, en dos.

De esto nadie habla aquí, sin embargo. La Operación Cóndor nunca existió a ojos de los europeos. Y desde el desconocimiento más absoluto se emiten informes y opiniones sesgados. La prensa, toda, llama dictador a un presidente sometido a trece procesos electorales, trece, avalados por organismos internacionales. Toda la opinión se emite a miles de kilómetros. Bueno, no tan lejos. Hay corresponsales informando desde la capital del país, que si no me equivoco es Miami, ¿no?

Como puede comprobar, esta opinión tampoco es demasiado extendida, y por ello me veo sometido a un bombardeo constante de argumentos. No es algo sorprendente, ni condenable. La discusión es necesaria y vital para la salud democrática. Sin embargo, si es nuevo que sectores normalmente ideológicamente distanciados coincidan ahora en su crítica. Cuando se ha de defender al poder establecido mundialmente parece que es más fácil ponerse de acuerdo. Mire las portadas. Mire los debates televisivos. Es triste, la situación, ¿no le parece?


Artículo realizado por Nicolás Cristiani.

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