28 de abril de 2013

Repita conmigo: CA-PI-TA-LIS-MO

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Adelante, sin miedo: "capitalismo". ¿Lo ve? Ca-pi-ta-lis-mo. No duele, ni ocurre nada por decirlo. No es una palabra maldita, no debería ser tabú.  Últimamente tenemos, o se nos viene imponiendo, el temor de llamar a los cosas por su nombre. Especialmente en el ámbito político y económico, nos limitamos a ser espectadores irreflexivos de una serie de sucesos, fogonazos de la televisión, que nos exponen como inconexos y hasta anecdóticos. Pero no lo son.

Merced a lo que los medios de comunicación y sus dueños quieran, dejamos que nos vendan los hechos como si hubiesen aparecido sin más, y si olvidamos la causa no habrá manera de buscar una solución.

También es cierto que somos bastante permisivos en cuanto a este despiste continuo al que nos someten: agitan un trapo rojo en forma de programa en prime time y allí que vamos. Y claro, así sucede que cada semana tenemos un nuevo enemigo mortal y un nuevo héroe de barro.

El domingo hablan en Salvados de las compañías eléctricas y todo el país durante tres días se dedica a comentar "ay, es que cómo son estos de las compañías eléctricas". No hombre, no: es capitalismo, y la privatización de sectores estratégicos que ello conlleva y que sólo beneficia a unos pocos. Ca-pi-ta-lis-mo.

Cuando ya se ha pasado el efecto de Salvados, siempre aparece alguien del PP con declaraciones estúpidas e indignantes a partes iguales. Y ya tenemos enemigo hasta el próximo Salvados (o el programa que toque).

Lo bueno de tener cada semana un enemigo nacional impuesto por los grandes medios es que generalmente mantiene a la población ocupada en indignarse por banalidades que no da tiempo a estudiar en profundidad. Lo suficiente para que no desaparezcan los debates de barra de bar sin ir más allá del qué mal está todo.

Porque cuando se intenta explicar pausadamente que el modelo sanitario privado que vimos en no sé qué reportaje lleva intentándose implantar desde hace tiempo y sus consecuencias para los usuarios, el tema ya ha perdido actualidad, ya hay algo nuevo, no sólo ya no importa sino que para muchos ha dejado de existir.

Sucedió con aquella "revolución ciudadana" islandesa que se acabó convirtiendo, a base de insistir, en un ejemplo a seguir para muchos. Ahora, Islandia ha dado el poder de nuevo a la derecha, que en su día llevó el país a la quiebra, ante la decepción con los socialdemócratas y la cara de asombro de los europeos que llevan la bandera de aquel país a las manifestaciones. Y es que es difícil eso de hacer una revolución sin pronunciar la palabra capitalismo ni intentar acabar con él.

Sucede en nuestro entorno, cada vez que alguien dice "cómo está la cosa" y al ser respondido con algo más allá de "ay, de verdad, oye..." observa a su interlocutor con una mezcla de pánico e incomprensión, como si en lugar de un vecino anticapitalista tuviese ante sí a una suerte de alienígena etarra venido a la Tierra para hacer el mal.

Sucede también al hablar de Somalia, ya que en el imaginario colectivo este lugar es un nido de terroristas salvajes que un día de pronto dejaron sus redes de pesca, cogieron un subfusil y comenzaron a asaltar barcos por amor al arte. Nadie se para a pensar de dónde salió aquel subfusil ni por qué dejaron sus redes de pesca. Y menos mal que nadie se para a preguntar eso, porque habría que contarle cómo los grandes barcos de pesca occidentales expoliaron los recursos de sus aguas hasta hacer imposible la pesca artesanal; y habría que contarle cómo las aguas del Estado somalí, aprovechando que éste no tiene poder para evitarlo, se han convertido en un gran vertedero de residuos tóxicos y químicos de los países desarrollados; y habría que contarle que muchas de las armas que circulan por África han sido financiadas por nuestras queridísimas organizaciones internacionales para alimentar conflictos que les resultaban interesantes (véanse Libia y sus "rebeldes", el Congo y su coltán...). Y habría que contarle muchas cosas más. Capitalismo, vaya. Ca-pi-ta-lis-mo.

Sucede ahora con Bangladesh y la muerte de casi 400 obreros textiles. Cuando dejen de buscar supervivientes y las televisiones ya no tengan imágenes de sangre y escombros que mostrar, el tema quedará olvidado. Como mucho nos dirán lo bueno que es El Corte Inglés porque ha donado un par de miles de euros y unas camisetas a los dueños de la fábrica para que las repartan entre los trabajadores. Y la opinión pública se enternecerá, como cuando lo hizo Amancio Ortega. Nadie hablará de las infrahumanas condiciones en que vive la clase obrera de los países en vías de desarrollo, ni de que esas nuevas y magníficas rebajas en Mango están manchadas con su sangre. Ca-pi-ta-lis-mo.

Pretenden que seamos espectadores con cerebros de usar y tirar, inmersos en la vorágine informativa que todo lo distorsiona. En nuestras manos está evitarlo y contraponer un discurso más pausado, pero no por ello menos interesante, que explique cómo esos detalles superficiales mostrados en TV tienen todos el mismo perverso origen en el sistema capitalista, un discurso que convierta toda esa indignación vacía en conciencia y organización en la lucha contra el capitalismo.


Artículo realizado por Óscar.
   

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