14 de abril de 2013

Es 14 de abril

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Es 14 de Abril. Un día como hoy, de 1931, nació la Segunda República. Entonces, el Estado dejaba atrás la dictadura de Primo de Rivera, y votaba en masa – en las grandes ciudades – las candidaturas republicanas. La Monarquía no pudo, de manera alguna, desvincular su imagen de la mala marcha del régimen totalitario, o de las derrotas militares sufridas en el Rif. Tras la derrota en el improvisado plebiscito, Alfonso XII tuvo que abandonar el país.

Hoy, en el año 2013, la situación también es delicada. La recesión avanza con una voracidad sin precedentes para quienes la sufren, y expulsa con buen ritmo a los ciudadanos del sistema. Cada vez son menos los que disfrutan del Estado de Bienestar, que por otra parte, y en un proceso paralelo, también se desvanece. El descontento crece y se extiende, y la población, como entonces, comienza a cuestionar las instituciones. También el Rey atraviesa malos momentos, y su popularidad cae afectada por los casos de corrupción de sus familiares o sus propios desaciertos personales.

La idea del advenimiento de la III República sobrevuela la sociedad, y cada vez más gente se identifica con los ideales republicanos. En octubre de 2011, la Monarquía suspendió, por primera vez, en una encuesta del CIS. Desde aquel traspié, el organismo no ha vuelto a preguntar sobre dicha institución en aras de mantener su imagen, pero más allá de vanos intentos, ha quedado de manifiesto que es muy difícil detener el declive del Rey en España.

Mientras la mayor parte de la ciudadanía sufre las consecuencias de la crisis multidimensional – económica, institucional, social – que atraviesa el Estado, en ocasiones con la mayor de las durezas, soportando despidos y desahucios, la familia real vive sin angustia alguna, más allá de sus problemas con la justicia, sostenida económicamente por las arcas públicas, que recuerdo, llenamos todos. Es una imagen difícil de contemplar desde aquí abajo, donde el dinero se vuelve insuficiente en la mayoría de los casos.

Más aún, cuando nuestra Carta Magna dispone que sea el Rey quién distribuye libremente, sin control alguno, los fondos que le asigna el Estado. Estos, se mueven en torno a ocho millones de euros, pero hay que añadir lo que cuesta al erario público mantener su patrimonio. Se estima que se destinan alrededor de sesenta millones de euros a tal fin.  

Es cierto, en honor a la verdad, que es difícil de calcular lo que el Estado obtiene a través de su representación en el exterior, allá donde el monarca es mejor recibido que cualquier equipo diplomático al uso como puede ser la península arábiga o el norte de África, de donde España obtiene gas o petróleo, ambos valiosos recursos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el total desprestigio de la familia real provoca que cada vez sea menor el poder de influencia que tiene en el extranjero, por lo que este argumento pierde peso con el paso del tiempo. Atrás quedaron esos años en los que el Rey recorría el globo reconciliando a España con el resto del mundo tras el largo régimen dictatorial.

Además, la Constitución asegura al Rey, como Jefe de Estado, tanto la inviolabilidad como la irresponsabilidad ante sus actos. Las consecuencias que de ellos se deriven, han de asumirlas aquellos que los refrendan. Esto, que constituye una violación flagrante del derecho a la igualdad, también elevado a la categoría de constitucional, vuelve a alejar una vez más al Rey de su pueblo. 

Cabe mencionar también que la Monarquía actual es un elemento contrario al ideal democrático, en tanto en cuanto fue impuesta por el dictador Francisco Franco y forzosamente aceptada posteriormente durante la transición democrática. Es necesario apuntar que este último dato no legitima en absoluto la presencia del Rey en la jefatura del Estado, puesto que la sociedad que vio nacer nuestro actual sistema de Monarquía Parlamentaria estaba compuesta por otros ciudadanos que no son los que hoy lo viven. Esto sucede porque la Constitución que lo sustenta, de 1978, cuenta con el respaldo de todos aquellos que hoy sumen más de 53 años, lo que implica que la mayoría de la ciudadanía se mueve dentro de un sistema que le ha sido impuesto. Además, una vez impuesta la Monarquía, también se impone el Jefe de Estado debido – porque el heredero no se somete a elecciones, lógicamente –, lo que supone, en la práctica, el golpe definitivo al descontrol, por parte de la población, de tan importante institución.

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Más allá de mis facultades para la edición de fotos, obsérvese que  tanto los menores de 53 años, como los que se encuentran entre esa edad y los 18 años representan la mayoría de la pirámide demográfica española.
Por otro lado, y en relación al espíritu democrático del Rey, cabe mencionar que tampoco ha quedado clara del todo su relación con el teniente coronel Tejero, Armada y el resto de golpistas del 23-F. Tampoco parece demasiado lógico, en coherencia con el necesario avance democrático del Estado español, que Juan Carlos I, único ciudadano que no debe al pueblo su poder dada la ausencia de elecciones primarias en la Casa del Rey, sea el líder de las fuerzas armadas, estando encima, incluso, del Ministro de Defensa de turno, a quién no parece que hicieran demasiado caso en aquella larga jornada golpista los guardias civiles.

En fin. Vistos los principales problemas de la monarquía con valores como la igualdad, la democracia y la transparencia, ¿qué hay de la república?

La república en sí no es ninguna panacea, y no creo que nadie esté en condiciones de asegurar lo contrario. Ocurre en España que cuando se habla de la república se habla a la vez de la II República, por lo que se asocia al sistema político aquel Estado avanzado, progresista, que concedió el voto a la mujer o que comenzaba a hablar del aborto. El mismo que caminaba hacia la rotura más absoluta con la Iglesia, o que protegía a obreros y campesinos promocionando la escolarización y colectivizando propiedades. Sin embargo, es necesario asumir que una hipotética III República no tiene por qué seguir los pasos de su antecesora, allá por el primer tercio del Siglo XX. Lo único que asegura la república el fin de la presencia de la Monarquía en la jefatura del Estado, y por eso hay que defenderla.

Y es que, de un día para otro, se produciría la democratización de tan importante institución, cuyo presidente sería elegido por los representantes políticos, y lo haría sin la necesaria desaparición de la Familia Real, que como he señalado antes sí reporta al Estado algunos beneficios y podría permanecer dentro del equipo diplomático – sería lo ideal, a mi modo de ver. Además de democrática, la jefatura del Estado sería transparente, porque los contribuyentes podrían controlar el destino de los fondos públicos, en tanto en cuanto un Jefe de Estado civil no estaría envuelto en la exclusividad o en el blindaje de procedencia divina y heredado de la tradición absolutista española. Por último, sumada a la democracia y a la transparencia con la república nacería la igualdad, puesto que un civil debería atenerse al marco legal como el resto de sus conciudadanos. 


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En definitiva, y para concluir, hay que imaginar la III República como un árbol fuerte y robusto que, sin embargo, todavía es una semilla por brotar. Aún siendo de la misma especie que su predecesora, no podemos asegurar que crezca en la misma dirección, aunque sí que tendrá algunas de sus características: transparencia, igualdad y democracia de la Jefatura del Estado, por ejemplo.


Toda afirmación que asegure otro escenario al descrito en el párrafo anterior pertenece, pues,  al terreno de la especulación y de la alegoría republicana que tan frecuentemente se encuentra entre la izquierda española más escorada. 





Artículo publicado por Nicolás Cristiani.
 

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