27 de diciembre de 2012

El lunes…

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El lunes un familiar muy cercano pasó por una delicadísima situación de salud. Ante este estado de gran incertidumbre y de enorme presión emocional, la familia, en plena madrugada, decidió llamar al 061 donde les dijeron que acudieran al centro de salud que, probablemente, solo necesitaría oxigeno. Ante esta respuesta desde el 061 la familia decidió acudir directamente a Urgencias donde el paciente entró catalogado de máxima gravedad.
Es inexplicable como ante una situación como esta, desde un número de teléfono y sin observar al paciente se pueda dar un diagnostico. En circunstancias así la rapidez en la atención es crucial. Se ha corrido irresponsablemente el bulo que la gente acude a Urgencias por capricho. Esta insensata actitud provoca que arbitrariamente se invite a las personas a no acudir al centro hospitalario. Parece como si los españoles fuéramos asiduos a Urgencias, al centro de salud, a  las visitas medicas.
Estúpidamente, se cree que preferimos antes una visita a horas intempestivas de la madrugada a Urgencias que una noche de juerga o la comodidad de nuestro mullido colchón en una fría noche de invierno… Se trata a las personas como meros costes, números o peones, seres sin sentimientos, que se pueden mover caprichosamente de un lado para otro. Podría sonar a broma si no fuera porque estas situaciones son muchas veces a vida o muerte, donde la dejadez puede ocasionar consecuencias irreversibles.
Tras estos bulos se encuentran personas interesadas que hablan alegremente con una simpleza, una insensibilidad y una falta de empatía total y absoluta de supuestos ahorros e inviabilidades ante el dolor y las necesidades de las personas. Esos consejeros y tertulianos de discutible inteligencia, excesiva caradura y ambición desmedida se permiten sentar cátedra de asuntos que desconocen, simplemente, a cambio de un buen fajo de billetes e infinitos privilegios.
La intervención no pudo realizarse en ninguno de los nuevos seis hospitales – ni una cama más – de última generación tecnológica inaugurados a bombo y platillo. No parece que estén para eso. Evidentemente, no fueron construidos para eso. Ha sido atendido en hospitales antiguos, sobrios, sin lujos, pero, con excelentes profesionales – mi respeto más absoluto para ellos – y tecnología. Un hospital, no un hotel con televisión de plasma. Esos seis hospitales que a cuenta del dinero de los contribuyentes estaban premeditadamente diseñados para ser regalados a fondos de inversión.
Unos hospitales públicos que no parece que le sobren los miles de trabajadores que van a ser despedidos y que pondrán en peligro la atención y la vida de los pacientes, futuros y presentes, porque, aun cuando, ahora, nos encontremos perfectamente de salud no sabemos cuándo vamos a requerir los servicios sanitarios, las dolencias médicas no siempre avisan y muchas veces – como en esta ocasión – estas condenado aun cuando te cuides. Hemos tenido suerte de dotarnos de una sanidad que pagamos diariamente para el momento en que la necesitemos – que seguro que llegará –, que es infinitamente más barata y eficiente que un modelo de lucro privado, vestido con bonitos ornamentos publicitarios, de desastrosas consecuencias sociales.

No es por culpa de los inmigrantes – cuando estos días he visto a uno por cada diez españoles en el mejor de los casos y las estadísticas, claramente, corroboran – como vilmente se dice, atizando un racismo que está latente y que es fácilmente instrumentalizable, que nuestros servicios sanitarios estén saturados. Es, porque, sufren de una dañina gestión deliberadamente perpetrada por unos gestores públicos movidos por el interés, la mala fe y el engaño.Porque la sanidad pública no es gratuita, lo que es gratis es la impunidad con la que se mueven estas alimañas.
Nuestra sociedad está dirigida por seres asociales cuya ambición, corrupción y desmedida codicia están destruyendo los cimientos de la convivencia y la cooperación social que deben regir los destinos de una sociedad que pretenda perdurar en el tiempo. Unos seres privilegiados que, mientras, desmantelan la sanidad pública, utilizan está a capricho como si fuera de su propiedad, saltándose listas de espera y cerrando plantas enteras para que nadie moleste las atenciones médicas que requieran. Comportamiento más propio de una sociedad feudal regida por la ley del señor y los siervos…
Lo único que tengo que decirles es que siento un desprecio por ellos tan absoluto como el que ellos sienten por nuestras vidas.

Artículo realizado por Emilio José.

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