23 de noviembre de 2012

De si Lenin no va a la masa

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"Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma"


Este absurdo idealista, invertido del original, no ha de parecerles tan descabellado a algunos autodenominados materialistas ‘dialécticos’. Ante la convocatoria de huelga general el 14 de noviembre, una huelga a nivel europeo, ciertos grupos bastante conocidos por la red han iniciado una campaña de ataque contra ella, alentando a no participar en lo que consideran una ‘farsa’*. No, no forman parte del rancio sector reaccionario encabezado por los dos partidos mayoritarios del régimen, PP y PSOE. Son comunistas.


Calificando a los sindicatos CCOO y UGT de ‘mafias sindicales’ y ‘sindicatos verticales’, su táctica consiste en intentar aislar a estas dos organizaciones de la masa obrera no participando en sus convocatorias y movilizaciones como lo es esta huelga general y concienciando a la clase trabajadora del papel que ambos desempeñan dentro del régimen. De esta forma plantean crear un sindicalismo combativo y de clase. He aquí un ejercicio de metafísica, de táctica contraproducente y raquitismo mental que intentaremos denunciar previniendo al trabajador y trabajadora de los errores de este izquierdismo.


Estos señores, a los que llamaremos ‘izquierdistas del siglo XXI’ siguiendo la moda de colocar dicha etiqueta a todo proyecto político soberanista que surge en estos días, cometen una gravísima equivocación al abandonar a la gran masa obrera que se halla en estos sindicatos a su (mala) suerte, o lo que es lo mismo, dejarla en manos de la ‘aristocracia obrera’, de los agentes de la patronal, infiltrados en el movimiento obrero. ¿Acaso la mejor táctica es esta? ¿Esta es la táctica que ellos buscan aplicar tras analizar la situación como haría un materialista dialéctico? Sí, los adjetivos ‘mafias sindicales’ y ‘sindicatos verticales’ se quedan cortos con estas dos organizaciones a las que aún añadiría alguno más. Aunque no olvidemos que dentro de los sindicatos podemos atisbar con esfuerzo a personas trabajadoras y concienciadas. No es necesario que nos digan el papel de CCOO Y UGT en el régimen, lo conocemos suficientemente bien - nosotros, no la clase obrera en general, tristemente - al igual que la situación de la clase obrera en España, situación que sería recomendable analizar en un futuro artículo. Lo que sí se ha de estimar como un deber ineludible es la formación de una táctica que no deje cabos sueltos.


CCOO y UGT poseen una gran capacidad de movilización obrera. Movilizan a la masa obrera. Por lo tanto, una gran masa obrera seguirá la huelga y se encontrará bajo la dirección de esta ‘aristocracia obrera’. Sea quien sea el que convoque una huelga u otra movilización obrera tendrá a una masa obrera a la que habrá que elevar su conciencia y advertirle sobre la actuación de estos sindicatos y de la situación política en general. En otras palabras: AHÍ estará la clase trabajadora, nos guste o no, y no hemos de dejarla sola en estos críticos momentos de ‘baja conciencia’ y control del sindicalismo por parte de la patronal, de la burguesía. Un materialista dialéctico no se guarda sus conocimientos ni ceja en su voluntad de concienciar a la masa, mucho menos cuando se manifiesta como tal y a su frente tan solo tiene a los agentes del capital. Un materialista dialéctico, un marxista va a la huelga, no para realizar un burdo seguidismo que solo conduce a luchas economistas y reformistas, va a encontrarse con la masa y llevar a cabo todo lo expuesto anteriormente. 


No vendría mal mostrar el razonamiento de Lenin acerca de este asunto: 


“La lucha contra la 'aristocracia obrera' la sostenemos en nombre de las masas obreras y para ponerlas de nuestra parte; la lucha contra los jefes oportunistas y socialchovinistas la sostenemos para ganarnos a la clase obrera. Sería necio olvidar esta verdad elementalísima y más que evidente. Y tal es, precisamente, la necedad que cometen los comunistas alemanes 'de izquierda', los cuales deducen del carácter reaccionario y contrarrevolucionario de los cabecillas de los sindicatos la conclusión de que es preciso... ¡¡salir de los sindicatos!!, ¡¡renunciar al trabajo en ellos!!, ¡¡crear formas de organización obrera nuevas, inventadas!! Una estupidez tan imperdonable, que equivale al mejor servicio que los comunistas pueden prestar a la burguesía. (...) No actuar en el seno de los sindicatos reaccionarios significa abandonar a las masas obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas a la influencia de los líderes reaccionarios, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas u 'obreros aburguesados'.
Precisamente la absurda 'teoría' de la no participación de los comunistas en los sindicatos reaccionarios demuestra del modo más evidente con qué ligereza consideran estos comunistas 'de izquierda' la cuestión de la influencia sobre las 'masas' y de qué modo abusan de su griterío acerca de las 'masas'. Para saber ayudar a la 'masa' y conquistar su simpatía, su adhesión y su apoyo no hay que temer las dificultades, las quisquillas, las zancadillas, los insultos y la persecución de los jefes (...) Se debe trabajar sin falta allí donde estén las masas. Hay que saber hacer toda clase de sacrificios y vencer los mayores obstáculos para llevar a cabo una propaganda y una agitación sistemáticas, tenaces, perseverantes, y pacientes precisamente en las instituciones, sociedades y sindicatos, por reaccionarios que sean, donde haya masas proletarias o semiproletarias. Y los sindicatos y las cooperativas obreras son precisamente las organizaciones donde están las masas.”[1]




Como hemos visto, el texto representa muy bien lo que se debe hacer en ocasiones como esta y lo que consiste un error de actuación por parte de los izquierdistas. Calificándose a sí mismos como representantes únicos y universales del marxismo, desprecian todo cuanto no sigue los rígidos esquemas que imponen, los cuales están desvinculados por completo de la realidad de la lucha de clases y de la correlación de fuerzas en el contexto histórico actual.
Ciertamente, además de prostituir en todos los sentidos el objetivo de la praxis revolucionaria y de demostrar un completo desconocimiento del análisis leninista de la situación concreta, convierten a los ojos de los demás el marxismo en un acartonado conjunto de ideas inadaptables al frenético ritmo al que la sociedad se mueve.



Es de vital importancia acuñar una acertada cita de Rosa Luxemburgo:


“El marxismo es una cosmovisión revolucionaria, que constantemente tiene que luchar por nuevos conocimientos, que no hay nada que desprecie tanto como el aferrarse a formas que alguna vez fueron válidas, que conserva su fuerza vital de la mejor manera en la autocrítica y en el tronar de la Historia.”


En efecto, el marxismo es una cosmovisión capaz de abarcar en su seno aspectos ilimitados de la cuestión humana. Es, digámoslo así, una ciencia que debe actualizarse continuamente en consonancia con los cambios que se producen en una sociedad plenamente dinámica y que incorpora para sí -o de ella nacen- prácticamente todos los movimientos liberadores, puesto que la liberación última es la destrucción de la forma de propiedad privada sobre los medios de producción. Las relaciones de producción y las fuerzas productivas cambian, la lucha de clases acelera o desacelera, los que hoy son nuestros aliados pueden ser mañana nuestros enemigos, y viceversa. Con otras palabras, como apuntaron K. Marx y F. Engels en el Manifiesto Comunista, “La Historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”. 
Conviene detenernos un instante sobre esta cuestión y no olvidar, como parece que hacen ciertos individuos, que no sólo nos referimos a la contradicción burguesía-proletariado que pudiera existir hoy día, es claro; ¡absolutamente todos los sistemas anteriores al capitalismo han tenido también sus respectivas clases y sus pugnas por el poder!



“En una sociedad escindida en clases antagónicas, la contradicción entre las viejas relaciones de producción y las nuevas fuerzas productivas se convierte inevitablemente en un conflicto entre unas y otras, pues las relaciones de producción caducas son defendidas y mantenidas en pie por la clase dominante en esta sociedad, que encuentra en ellas la base de su existencia y dominación.”[2]


La actitud que mantienen ‘los izquierdistas del siglo XXI’ en tanto en cuanto se creen con la abrumadora responsabilidad de haber descubierto la revolución es, por tanto, una muestra de supina ignorancia. Es cierto que lo innovador de la revolución socialista es que viene a liquidar cualquier forma de propiedad privada, y no a pasarla de unas manos a otras, como ocurre con las demás, pero de ahí a usar la retórica exclusivista empleada por estos izquierdistas hay un buen trecho. Es lo que podríamos denominar una ceguera fruto del geocentrismo político en el que viven, contrario a estudiar cómo se desarrolla la realidad en todos sus ámbitos.


El problema radica en la concepción que tienen de lo que es el marxismo y de las cuestiones derivadas de ello: ¿cómo se aplica?, ¿qué se hace?
En primer lugar, cualquier marxista que se precie tiene que aprehender que el marxismo no constituye dogma, no es una biblia política, sino un método de análisis de la realidad, y que por lo tanto debe dotarse de las herramientas adecuadas para analizar las sociedades y actuar en consecuencia. 
Los izquierdistas suelen refugiarse continuamente en los libros escritos por nuestros antepasados, tildando de contrarrevolucionario casi todo lo que no siga exactamente los dictados de cada una de las líneas plasmadas en ellos. Todo lo que consiguen con eso es convertirse en don Quijotes borrachos de múltiples y brillantes ideas marxistas, pero las cuales están completamente divorciadas de la realidad. Es necesario en este punto rescatar este fragmento:



“Por supuesto, debemos estudiar libros marxistas, pero tenemos que combinar el estudio con las condiciones reales de nuestro país. Necesitamos de los libros, pero tenemos que superar la tendencia a rendirles culto, que nos lleva a divorciarnos de la realidad. ¿Cómo podemos superar el culto a los libros? El único medio es investigar la situación real.”[3]


Uno de los parámetros que debemos analizar inicialmente como revolucionarios es el de la correlación de fuerzas o, mejor dicho, el grado de concienciación de las masas populares en ese momento. Planteamos paralelamente una cuestión: ¿qué sentido tiene desarrollar una acción violenta y revolucionaria si el conjunto de la población no va a respaldarla e incluso puede condenarla? El izquierdismo rehuye este asunto imperiosamente y parece obstinarse en no entender realmente el peso de tales acciones y, por lo tanto, de las consecuencias de llevar a cabo una estrategia equivocada. Esto sucede por una concepción errónea, de nuevo, del proceder marxista-leninista. 
Un síntoma inequívoco de que estamos confundidos es considerar que poseemos la verdad absoluta y que, sólo por eso, las masas nos aclamarán al instante y dejarán de lado su percepción burguesa del mundo para seguir las proclamas socialistas.
Error fatal. La gente, bombardeada continuamente con las armas que despliega el aparato ideológico del Estado, no acierta a comprender en muchos casos nuestros planteamientos. Y, por si fuera poco, además somos demonizados hasta la saciedad por los medios de comunicación, la escuela, etc. Así de efectivo es el aparato ideológico.
Si seguimos excavando, hallaremos en la raíz de todo una confusión del concepto de ‘vanguardia’, que no vanguardismo. Pecando de actitudes cuasi blanquistas, estos izquierdistas “quieren” llevar a término sus acciones - luego no hacen nada - por encima incluso de las masas, a las que consideran tontas e ignorantes. Conviene recordar, a estas alturas, que las revoluciones no las hace el Partido Comunista, las hacen las masas sedientas de justicia. No las hacen los intelectuales marxistas, las hacen los trabajadores y trabajadoras en busca de un futuro mejor.
Como muy bien señalaba Juan Iglesias en sus Apuntes sobre método y cultura, no hay que confundir vanguardia con ir solos. Vanguardia no es ir solos, es ir delante con los demás.
Su actividad política se reduce a mantener discusiones que rozan el folklore más absurdo en internet o en increpar a todo aquel que no mantiene sus posturas y a reírse de los que participan en los diferentes movimientos populares. No hacen nada por mejorar la situación de la clase obrera o el estudiantado ni por sacar a la luz las irreconciliables contradicciones de clase entre los explotadores y los explotados, más allá de lanzar inflamables tweets (aunque a las palabras se las lleve el viento y sean los hechos los que cuenten al fin y al cabo). No participan en los frentes de masas ni en los movimientos sociales, que es, a fin de cuentas, la tarea principal de los y las comunistas; y cuando lo hacen, suelen querer imponer su criterio infravalorando y sin respetar las decisiones colectivas. Creen estar construyendo hegemonía cuando lo único que están queriendo crear es una mayoría aritmética y antinatural, hegemonismo, el cual realmente no constituye una alianza en torno a las propuestas de clase y los principios a través de la experiencia y la praxis. 



En definitiva, recomendamos encarecidamente la relectura concienzuda de La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo y otras grandes obras como medicina a esas actitudes tan poco contributivas y a esa infundada y ridícula superioridad ideológica que se gastan dichos sujetos. Alentamos también a la conexión inmediata con la realidad del país y del mundo en general para poder entender realmente cuáles son las necesidades de las masas ahora y por qué es contraproducente lanzar proclamas tan alejadas o boicotear la participación en una huelga, cuando se trata de uno de los acontecimientos clave en la lucha obrera.


“[…] la radicalidad no está en levantar las consignas más radicales ni en realizar las acciones más radicales —que sólo unos pocos siguen porque asustan a la mayoría—, sino en ser capaces de crear espacios de encuentro y de lucha para amplios sectores. Es en la lucha donde los seres humanos crecemos y nos transformamos. Constatar que somos muchos los que estamos en la misma lucha es lo que nos hace fuertes, es lo que nos radicaliza. La política revolucionaria sólo puede concebirse como el arte de hacer posible lo imposible.”[4]


La vieja oración islámica invertida sirve para definir la táctica que los ‘izquierdistas del siglo XXI’ han tomado como suya en éste y otros ámbitos:

“Si la masa no va a Lenin, Lenin no va a la masa.” 

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[1] Lenin, La enfermedad infantil del 'izquierdismo' en el comunismo
[2] Konstantinov, La teoría marxista-leninista de la revolución
[3] Mao Tse Tung, Contra el culto a los libros
[4] Marta Harnecker, A la conquista de una nueva hegemonía
*: http://www.twitlonger.com/show/jri3h6


Artículo realizado por Violeta Garrido y Xabier García - Sección de Libre Publicación.

1 comentario:

  1. mi aplauso enardecido, si vuestro pensamiento es lo mismo que vuestra escritura es una gran pena que no se pudiese transformar en un " agora" donde pudiésemos ir a compartirlo y discutirlo.
    Gracias, sobre todo, por introducir la pulcritud del pensamiento de los clásicos, y hacer clasicismo, es decir adaptarlos al momento, de ahí el que sean clásicos; gracias también por hacer de este medio , que en esencia es maravilloso pero ahora insulso y controlado, lo que debería ser un espacio de enriquecimiento y de divulgación de calidad.
    lástima no vivir en un pueblo y poder llamar a vuestra puerta para seguir disfrutando, aclarando y por ende enriquecernos.
    Sería un placer, que encubre u ruego, poder hacerlo real

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