21 de agosto de 2012

Con todas las víctimas

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Cuando era pequeño, en España se debatía sobre votar SÍ o NO a la OTAN. Yo era un niño al que más de una madrugada había despertado la policía para que nos alejáramos de las ventanas, porque había una amenaza de bomba en nuestra calle. Me asomaba y veía a un robot (tipo Cortocircuito) abriendo los maleteros de los coches. En el edificio de enfrente vivían militares. Así que nunca entendí ese debate, porque, sencillamente, confundía OTAN con ETA.

No andaba yo muy equivocado, aunque han pasado años hasta que me he ido dando cuenta.

Recuerdo la mañana del atentado en la Plaza de la República Dominicana, con todos esos guardias civiles muertos. Recuerdo las paredes de los pisos rajadas, los transeúntes heridos, las escenas horrorosas. Recuerdo juguetes rotos en las casas. Años después, volví a ver algo parecido en Vallecas. Las víctimas eran, sobre todo, peluqueros que ejercían su profesión en el Ejército. Medio barrio se resquebrajó. En algunas clases de colegios que estaban a medio kilómetro de distancia, se cayeron las pizarras e incluso saltaron los cristales. Y el profesor no tenía ni idea de cómo explicarle eso a sus alumnos.
Mi generación ha estudiado, mal que bien, la historia contemporánea de España en los institutos. Ha conocido la Guerra Civil pero poco, muy poco, sobre la represión posterior. Para saber más sobre ella, para caer en la cuenta de que España es el segundo país del mundo con más muertos enterrados en los caminos (después de Camboya), hemos tenido que conocer historias de primera mano a través de familiares. El cine español, durante un determinado, ha sido generoso explicándonos lo que casi nadie contaba. La represión fue dura, salvaje, y miles de personas aún siguen sin una sepultura digna.
Los que fuimos curioseando o leyendo más, o tal vez nos matriculamos en una de esas carreras universitarias sin futuro, asistimos asombrados al descubrimiento del pastel de violencia y humillación que desarrolló, de manera organizada, bien consciente, el fascismo en España. El resto, que eligió otro tipo de estudios o no curioseó, tiende a quitar hierro al asunto para no mostrar su absoluto desconocimiento. Es agua pasada, dicen. O Dejad a los muertos tranquilos.
Mi generación, sin embargo, sí ha convivido con la violencia de ETA. Los madrileños pueden hacer sin esfuerzo un mapa de atentados por casi cada lugar que pasan. Los vascos podrían elaborar otro similar, en el que señalar excesos policiales e incluso atentados del terrorismo de Estado. Y los medios se han encargado de cultivar un elaborado menú de odio e intransigencia hacia las reivindicaciones vascas a través de la existencia de ETA, porque los polos opuestos se atraen entre ellos, se necesitan, y se hacen más fuertes.
Después vino el 11M. Nuevas víctimas, miles en un solo día del que recuerdo cada minuto. Y estas han sufrido un desprecio político espantoso.
Las víctimas son solo eso, víctimas. No hace falta llenar de epítetos su condición, porque ya es suficientemente grave. Gente que ha sufrido una desgracia, un agravio desproporcionado, y que a menudo lo ha pagado con la muerte. Por eso, por sensibilidad social, hay que hacer un doble ejercicio de comprensión con ellas. Se sienten vacías, parte de sus vidas pierden sentido y, como mecanismo psicológico, tratan de elaborar un relato, una vida, que camina paralela a ese hecho traumático. De esa necesidad surgen las asociaciones de víctimas, con independencia de que luego no representen a buena parte de ellas, porque, como elemento de atracción de votantes, sean compradas y utilizadas por el poder para sus propios intereses.
¿Cuál debe de ser la sensibilidad de un Estado hacia sus víctimas? Toda. ¿Y cuál su poder político, su capacidad de influencia sobre las medidas a adoptar? Ninguna. Porque no es asumible gobernar desde el odio, desde el rechazo visceral, aun cuando ese rechazo es comprensible. Las víctimas deben tener voz social pero no voz política.
Viene el futuro. Ahora nacen niños que, si no lo remedia nadie (y algunos tienen muchas ganas) estudiarán la violencia de ETA como yo estudié la Guerra Civil. Por ellos merece la pena hacer un ejercicio sencillo pero eficaz: respeto a todas las víctimas, respeto a la legalidad penitenciaria (aunque no sea la mejor) y que queden resarcidas como esté estipulado (aunque quepan discrepancias sobre si está bien o mal estipulado). Es decir, mirar adelante, sin perder la memoria, pero sin hacer de ella un lastre para las futuras generaciones. Solo eso.
Y que cada uno defienda la memoria de las suyas. Es lícito y es democrático. Si los que creen que el Gobierno del PP les ha defraudado poniendo en libertad a un preso enfermo terminal, que cambien de partido. Todos, o casi todos, sabemos en qué saco político caerán. A mí no me ofende la imagen del funcionario de prisiones Ortega Lara, que padeció un infame secuestro. Yo solo espero que a ellos no les ofenda la foto de uno, de dos, de diez, cien, mil o centenares de miles de represaliados por el franquismo que aún, ni siquiera, tienen un lugar donde, literalmente, caerse muertos. No están en disposición de reclamar penas de cárcel, no pueden discutirle al gobierno que les subvenciona si es bueno o malo cumplir con la legalidad penitenciaria. Es que ni siquiera sabemos dónde están. Es que hay que identificar aún sus huesos. Pero una cosa no quita la otra.
Mi papel es sencillo. Reclamar el derecho a la memoria de todas las víctimas. De todas. Rechazar que tengan un papel preponderante en las decisiones políticas, para bien de todos esos niños que van creciendo ahora mismo. Y denunciar, porque yo creo en ello, que ya es hora de levantar toda la miseria que se esconde bajo la alfombra de la Dictadura y de la Transición política española.
Nuestra lucha por la memoria no es contra otras víctimas. Es contra quienes aún se niegan a crear las condiciones para algo tan sencillo como dar un lugar digno a miles de ellas.
Estamos aquí y, por supuesto, lo vamos a seguir recordando tanto como haga falta. 
Artículo realizado por @Raskolnistan.

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