31 de mayo de 2012

Falsas bombas en Nueva York.

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Nueva York ayer. Una señora americana abre su ventana, cosa extraña en un país en el que se inyecta el temor sobre los cuerpos humanos para que vivan en el miedo “externo” y teman hasta al aire que envuelve sus mentiras. Otea un paisaje que, ahora, luce con menos brillo, un brillo artificial, ese que entre todos les hemos ayudado a tener y descubre, en un árbol, una bolsa con logo. Se extraña. Y es extraño que se extrañe: los Estados Unidos es Logolandia y bolsilandia, también, porque son las bolsas hoy las que intentan ser llenadas con los restos, cada vez más escasos, que quedan en los contenedores y vertederos, para que los sin-hogar y los con-hogar que no llegan a fin de mes, la gran mayoría que no corretea Wall Street, lleven algo a las bocas que les esperan en su nada sweet home. Ellos y ellas, ataviados con sudaderas con capucha, que se colocan sobre la cabeza (para que nadie les reconozca) cuando cada día escarban como cuervos, condición a la que han sido obligados a llegar, no habrían reparado en la bolsa colgada de la rama del árbol: ellos no alcanzan mirar al cielo, allí no hay nada para ellos, la esperanza ya no es una deidad ni un ave fénix que se les pondrá delante con aire de renacer, al estilo de Matrix. Ellos miran al suelo, porque sienten vergüenza de vivir y porque allí, a ras de tierra, es el único lugar en el que a los ricos se les ha podido caer una migaja de una migaja que recogerán, sin dudarlo, ellos, los ahora despojados de cualquier resto que les recuerde que son “personas” o, al menos, una vez lo fueron.

La señora que ha desayunado pancakes y donoughts observa la bolsa y, con tendencia ya instalada en su ADN americano, teme que la bolsa sea una prueba más de que el enemigo, “los de fuera”, los Al Qaeda y otros supuestos demonios, las sombras creadas por el Tío Sam, siguen ahí. Telefonea a la policía, que acude con calma de película de acción, de Arma Letal II. La bolsa es una lámpara que lleva, para colmo, el logo I love New York. No hay ataque terrorista. Al Qaeda no se ha subido al árbol que hay frente a Miss Whatever, a Miss Cualquiera.

En las proximidades al frustrado escenario del delito, del terror, hay otra bolsa. Las investigaciones sesudas lo confirman: se trata de bolsas-lámparas de un diseñador japonés, Takeshi Miyakawa, que pretendía, en un arranque estético increíble en estos tiempos malos, no solo para la lírica, iluminar, dar luz sobre la creciente y siempre presunta porquería de  la gran manzana. Quería homenajear la capacidad hospitalaria de la ciudad y, a la vez, unirse, con un guiño artístico, a la realización de un evento en la ciudad, la New York Design Week.

Arrestado, al estilo de los Hombres de Harrelson, como si fuese el terrorista mayor de los terroristas, es conducido a la comisaria, donde un abogado, que ya se ha comido su hamburguesa  doble de queso y su Coke 0, habla con un juez, con pinta de armario con antipolillas. Acusación inicial: “imprudencia temeraria” y acusado por la colocación de “bombas falsas o sustancias peligrosas”. Hoy está a la espera de juicio.

Esto no es ficción. NO es el argumento de un relato breve.

¿Os imagináis si hubiese que llevar a juicio a todos los  americanos, su limpio ejército, que han puesto y dejado, no falsas, sino verdaderas bombas y armas y han acabado con miles de personas más allá de la tierra del Tío Sam? Eso sí, todo se ha hecho y se hace fuera de la limpia tierra americana.

Quizás se me acuse, tras escribir esto, por la colocación de una bomba también falsa: ¿una bomba de palabras?

Artículo realizado por Pura María García.

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