1 de diciembre de 2011

Ni olvido, ni perdón

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El pasado jueves 24 de Noviembre, nos dejó Antonio Domingo Bussi; uno de los últimos jerarcas de la cruenta dictadura de 1976. Es el deseo de éste argentino, que NO descanse en paz, NUNCA. No hay perdón, ni olvido, para quién fuera uno de los encargados de coordinar las acciones del Estado terrorista de los años setenta en nuestro país.



No debemos olvidar que éste hombre, entrerriano de nacimiento y tucumano por adopción, fue quien coordinó el famoso plan Independencia (designado por el gobierno peronista, aún en democracia), mediante el cual se buscó eliminar la presencia de la guerrilla en los ingenios de la Provincia de Tucumán. Fue el mismo hombre que una vez establecido el “Proceso de Reorganización Nacional”, se elevó como interventor en la citada provincia hasta el año 1978. Aún después de ese año, Bussi siguió siendo el “patrón” y quien tenía la última palabra en aquel lugar.


Durante los años de hierro, Bussi estableció un aparato represivo que alcanzaba a todos los rincones de la provincia. De Tucumán se conocen cientos de relatos de testigos y sobrevivientes, que grafican la impunidad con la que éste hombre actuaba y decidía.


Con su “profundo ingenio y capacidad de planificación”, el dictador ordenó la ejecución de cientos de obras; muchas de ellas monumentos y muros que ocultaban el vertiginoso crecimiento de los asentamientos de emergencia. Basta recordar entonces, que en 1977 ordenó expulsar a mendigos e indigentes de las calles de San Miguel de Tucumán para hacer más decente la ciudad. Obviamente, en ese momento estaba de visita el General Jorge Rafael Videla, presidente de la Junta Militar que gobernaba el país. También fue obra del gran dictador, la confiscación de cientos de bienes de ciudadanos argentinos y extranjeros que pasaron luego a engrosar la lista de sus propios bienes. Se sabe que Bussi acumuló propiedades por más de tres millones de dólares durante aquellos años.


No hace falta remarcar lo que éste ser repugnante desplegó sobre dirigentes y militantes de partidos políticos, sindicatos y agrupaciones estudiantiles. Hay registros que demuestran el especial interés de Bussi en ser parte él mismo de las actividades de tortura y tormento, con las que las fuerzas armadas accionaban en aquellos años. Sin embargo, a pesar del miedo, de la fuerza de las armas y del robo, del saqueo y la corrupción; la sociedad tucumana lo guardó entre sus “próceres” y lo consagró gobernador entre los años 1991 y 1995. Anoten entonces, un caso testigo para la explicación del síndrome de Estocolmo.


Antonio Bussi no fue el único militar juzgado, absuelto, libre de culpa y cargo, y vuelto a juzgar en los años de la joven Democracia argentina. En éste vaivén de los presidentes electos democráticamente, recordemos que durante el gobierno de Néstor Kirchner se dictó la inconstitucionalidad y posterior derogación de las leyes de obediencia debida y punto final. Si en algo el gobierno actuó positivamente, fue justamente en éste camino hacia la resolución de estas cuentas pendientes con la justicia.


Bussi fue un asesino y ladrón, que cumplió su condena en “prisión domiciliaria”. No tuvo castigo justo y sus víctimas no tuvieron verdadera justicia. Se fue con ochenta y cinco años, y nos dejó el amargo sabor que genera la impotencia de saber que vivió en la más absoluta impunidad.


No podemos pretender que el silencio y la negación logren apagar los gritos de dolor, de aquellos 30.000 compañeros desaparecidos. La justicia se logra con la verdad y la verdad la conocen todos, aunque algunos intenten hacerla parecer una mentira. NUNCA MÁS…




Artículo realizado por Andrés Fernández colaborador de Hablando República desde Argentina y director de Mix Político.

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