20 de diciembre de 2011

A diez años de los “primeros” indignados

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Exactamente hace diez años, el pueblo argentino salió a las calles para gritar su indignación. Y sin ser consciente de su alcance, prender fuego el plan neoliberal que nos había gobernado desde la Dictadura de 1976.

Al igual que sucede por todo el mundo desde el año pasado, los argentinos decían basta a un sistema vil, que profundizaba la desigualdad hasta el máximo pero con una agradable cara de consumismo primermundista. Esa, es la paradoja del capitalismo salvaje. Un inmenso mundo de bienes que nos aseguran la felicidad, pero que en otro lugar deja sin trabajo a cientos, asesina a miles o despoja de todo a millones de personas.

En ese fatídico año 2001, se puso en juego hasta la existencia misma de la Argentina. No son pocos los analistas que auguraban una desaparición del país como tal, debido al caos reinante. Sin embargo, y a pesar de la experiencia impactante de perder 39 vidas en la represión; el pueblo siguió participando. A los saqueos (muchos alentados desde el establishment político, pero muestras de descontento al fin) les siguió un espectacular surgimiento del espíritu asambleario por todos lados. En plazas públicas o tribunas improvisadas en las esquinas, se debatía todo, se discutía todo y se compartía el que “se vayan todos”, consigna que movilizaba la protesta social.


El que “se vayan todos” continuaba retumbando con fuerza en las clases medias, que veían sus ahorros ser confiscados compulsivamente. Mientras en las bases, se pedía por alimento, vivienda digna y trabajo, la clase política ponía en escena una y otra vez el teatro de la infame década de 1990 nombrando a Adolfo Rodríguez Saa como presidente. Luego de una insignificante semana a cargo y del anuncio desafiante del no pago de la deuda externa, es remplazado por el verdadero patrón del peronismo conservador de Buenos Aires, Eduardo Duhalde.

En ese ya lejano 2001, apenas si podía comprender la fuerza y el alcance de aquellos hechos. No tengo la historia de vida ni la experiencia de los que peinan canas, pero estoy seguro que aquellos sucesos no fueron en vano. Me siento heredero de una secuencia histórica de resistencia que comienza con el surgimiento mismo de nuestra Nación. El 2001 cierra ese devenir con el último quiebre, y quizás más importante de nuestra historia argentina.

Aquel pueblo en las calles logró no sólo hacer caer un gobierno, sino también poner las bases de lo que puede ser la construcción de un nuevo ser argentino. Ese nuevo ciudadano que traspase la frontera de su individualidad y pueda sentir que en la participación colectiva está el camino de la transformación de una realidad injusta.

Tal como expresa Hessel en Indígnate, “[…] en este mundo todavía hay cosas intolerables. Para verlas, es bueno y necesario mirar, buscar. Le digo a los jóvenes, busquen poco y eso es lo que van a encontrar. La peor de las actitudes es la indiferencia, decir no puedo hacer nada contra eso.

Ya me las arreglaré para salir adelante. Por incluirte a ti mismo en esto, pierdes uno de los elementos que hacen al ser humano: la facultad de indignarse y el compromiso que es una consecuencia de lo primero […]”

Éste es el legado del 2001; resistir una realidad indignante y actuar en consecuencia. Comprometerse y participar para transformar, por eso creo que aquellos argentinos fueron los “primeros” indignados.


Artículo realizado por Andrés Fernández, colaborador de Hablando República desde Argentina y director del blog Mix Político.

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