26 de noviembre de 2011

España con honra

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En septiembre de 1868, inmersa España en una grave crisis económica acuciada por los gastos de la guerra en Sudamérica contra la emancipación de las naciones oprimidas, se consuma el descontento de la gran mayoría de la sociedad española con el pronunciamiento militar (recurso este muy usado en la época) de las fuerzas navales que esperaban en Cádiz a ser enviadas a la contienda que tenía lugar en ultramar.


Los progresistas, demócratas y republicanos, en el exilio por la predilección de la monarquía de Isabel II hacia el partido moderado liderado por Narváez, habían firmado ya pactos en Ostende y Bruselas por el derrocamiento de la reina.

Efectivamente, la reina Isabel II se vio avocada al exilio y España se zambulló, de forma inesperada y algo caótica, en el Sexenio Democrático, que culminaría con la proclamación de la I República Española.

Se incluye a continuación el texto histórico correspondiente a la proclama que dirigieron los militares al pueblo español para que se sumase a la lucha contra la decadente monarquía:



Proclama a la nación de los militares sublevados en Cádiz
contra las corrupciones de la monarquía de Isabel II,
origen de la Gloriosa Revolución de setiembre de 1868.



Españoles:

La ciudad de Cádiz, puesta en armas con toda su provincia, con la Armada anclada en su puerto y todo el Departamento Marítimo de La Carraca, declara solemnemente que niega su obediencia al Gobierno que reside en Madrid, segura de que es leal intérprete de los ciudadanos que, en el dilatado ejercicio de la paciencia, no hayan perdido el sentimiento de la dignidad, y resuelta a no deponer las armas hasta que la nación recobre su soberanía, manifieste su voluntad y se cumpla.

¿Habrá algún español tan ajeno a las desventuras de su país que nos pregunte las causas de tan grave acontecimiento?

Si hiciéramos un examen prolijo de nuestros agravios, más difícil sería justificar a los ojos del mundo y la historia la mansedumbre con que los hemos sufrido que la extrema resolución con que procuramos evitarlos.

Que cada uno repase su memoria, y todos acudiréis a las armas.

Hollada la ley fundamental, convertida siempre antes en celada que en defensa del ciudadano, corrompido el sufragio por la amenaza y el soborno, dependiente la seguridad individual no del derecho propio, sino de la irresponsable voluntad de cualquiera de las autoridades; muerto el Municipio, pasto la Administración y la Hacienda de la inmoralidad y del agio, tiranizada la enseñanza, muda la prensa, y sólo interrumpido el universal silencio por las frecuentes noticias de las nuevas fortunas improvisadas, del nuevo negocio, de la nueva real orden encaminada a defraudar al Tesoro Público, de títulos de Castilla vilmente prodigados, del alto precio, en fin, a que logran su venta la deshonra y el vicio, tal es la España de hoy. Españoles, ¿quién la aborrece tanto que se atreva a exclamar: “Así ha de ser siempre”?

No, no será. Ya basta de escándalos.

Desde estas murallas, siempre fieles a nuestra libertad e independencia, depuesto todo interés de partido, atentos sólo al bien general, os llamamos a todos a que seáis partícipes de la gloria de realizarlo.

Nuestra heroica Marina, que siempre ha permanecido extraña a nuestras diferencias interiores, al lanzar la primera el grito de protesta, bien claramente demuestra que no es un partido el que se queja, sino que los clamores salen de las entrañas mismas de la patria.

No tratemos de deslindar los campos políticos, nuestra empresa es más alta y más sencilla: peleamos por la existencia y el decoro.

Queremos que una legalidad común, por todos creada, tenga implícito y constante el respeto de todos.

Queremos que el encargado de observar y hacer observar la Constitución no sea su enemigo irreconciliable.

Queremos que las causas que influyan en las supremas resoluciones las podamos decir en alta voz delante de nuestras madres, de nuestras esposas y de nuestras hijas.

Queremos vivir la vida de la honra y de la libertad.

Queremos que un Gobierno provisional que represente todas las fuerzas vivas del país asegure el orden, en tanto que el sufragio universal echa los cimientos de nuestra regeneración social y política.

Contamos para realizar nuestro inquebrantable propósito con el concurso de todos los liberales, unánimes y compactos ante el común peligro; con el apoyo de las clases acomodadas, que no querrán que el fruto de sus sudores siga enriqueciendo la interminable serie de agiotistas y favoritos; con los amantes del orden, si quieren verlo establecido sobre las finísimas bases de la moralidad y del derecho; con los ardientes partidarios de las libertades individuales, cuyas aspiraciones pondremos bajo el amparo de la ley; con el apoyo de los ministros del altar, interesados antes que nadie en cegar en su origen las fuentes del vicio y del ejemplo; con el pueblo todo, y con la aprobación, en fin, de la Europa entera, pues no es posible que en el consejo de las naciones se haya decretado ni se decrete que España ha de vivir envilecida.

Rechazamos el nombre que ya nos dan nuestros enemigos: rebeldes son, cualquiera que sea el puesto en que se encuentren, los constantes violadores de todas las leyes, y fieles servidores de su patria todos los que, a despecho de todo linaje de inconvenientes, le devuelvan su respeto perdido.

Españoles: acudid todos a las armas, único medio de economizar la efusión de sangre, y no olvidéis que en estas circunstancias en que las poblaciones van sucesivamente ejerciendo el gobierno de sí mismas, dejan escritos en la historia todos sus instintos y cualidades con caracteres indelebles.

Sed, como siempre, valientes y generosos, La única esperanza de nuestros enemigos consiste ya en los excesos a que desean vernos entregados. Desesperémoslos desde el primer momento, manifestando con nuestra conducta que siempre fuimos dignos de la libertad que tan inicuamente nos han arrebatado.

Acudid a las armas, no con el propósito del encono, siempre funesto, no con la furia de la ira, siempre débil, sino con la solemne y poderosa serenidad con que la justicia empuña su espada.

¡Viva España con honra!


Cádiz, 19 de septiembre de 1868.

Duque de la Torre – Juan Prim – Domingo Dulce – Francisco Serrano Bedoya – Ramón Nouvillas – Rafael Primo de Rivera – Antonio Caballero de Rodas – Juan Topete

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