31 de octubre de 2011

Hoy soy argentino

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Hay días en que sientes que te gustaría tener otra nacionalidad, que querrías ser de otro país. Lo hemos visto recientemente con el anhelo de ser islandés por la determinación para juzgar a sus banqueros y como en muchas manifestaciones del 15-M había personas que enarbolaban pancartas con esa alusión. Por eso, hay días en que he querido ser ecuatoriano y decirle NO al Banco Mundial, venezolano para poner los recursos naturales al servicio de la población, cubano o palestino para resistir frente al monstruo. No hablo de nacionalidades, es algo profundo que afecta más que al lugar en el que queremos estar, a la forma de vida que queremos intentar.

El pasado miércoles 23 de octubre quise ser argentino, es más, sentí envidia de Argentina. Ese día se dio un paso firme contra la impunidad, cuando el Tribunal Oral Nº 5 de Buenos Aires condenó a prisión perpetua a once represores que actuaron en el centro clandestino de detención de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Este juicio y estas sentencias, que revierten el infame intento de blindar la impunidad de la dictadura que pretendieron los ex-presidentes Alfonsín y Menen, nos dicen mucho a las familias de las víctimas que aún buscamos justicia y reparación en España.

Siento felicidad por esta sentencia y a la vez siento indignación. Felicidad, porque es un triunfo para todo el mundo en la persecución de los crímenes de «lesa humanidad». Indignación, por la actitud de los gobiernos de mi país que han intentado la misma maniobra que los infames ex-presidentes antes citados, para proteger a los asesinos de civiles. Sé que esa misma mezcla de sensaciones agridulces son las que sienten los familiares de los más de 100.000 compatriotas exterminados y desaparecidos por el fascismo de Franco, pues sufren esa misma afrenta cuando les impiden la búsqueda de justicia, protegiendo la impunidad de los criminales.

De esta sentencia histórica hay que sacar una conclusión: la única lucha que se pierde es la que se abandona. Estas actuaciones de la justicia, estas sentencias, esta repulsa social, no caen del cielo, no vienen regaladas. Son el fruto de un trabajo tenaz en medio de la incomprensión, la persecución y la represión que iniciaron unas madres hace 34 años y a las que se sumaron abuelas e hijos. 

En el treinta aniversario de las madres, escribí un artículo para su revista, que hoy quiero compartir con quienes me leéis pues habla del ejemplo de quienes no se rinden:


Faro. (Del lat. /pharus,/ y este del gr. φάρος). 1. m. Torre alta en las costas, con luz en su parte superior, para que durante la noche sirva de señal a los navegantes. 4. m. Aquello que da luz en un asunto, lo que sirve de guía a la inteligencia o a la conducta.


Estas dos definiciones del Diccionario de la Lengua Española sirven perfectamente para definir lo que han supuesto las Madres de la Plaza de Mayo para mi familia.


Antes de que nos golpearan con el asesinato de mi hermano José, ya formaban parte de nuestras vidas. Es curioso que viniendo nosotros de una familia militar, mi madre siempre nos hablase con admiración de aquellas “locas madres” de un país que con nuestra juventud no sabíamos ni dónde se encontraba. Aún recuerdo con asombrosa claridad la canción que salía de su boca y que en forma de tango, glorificaba la gesta de esas mujeres sin miedo. Esa melodía y esa letra del desaparecido Carlos Cano serían ya a partir de ese momento la banda sonora que resonaría en mi cabeza cada vez que oyese hablar de las madres.


Fue el 8 de abril de 2003 cuando nos dimos cuenta que ya no pisábamos tierra firme, que el suelo por el que hasta ese momento transitábamos en la vida, se había convertido en un velero pequeñito que en medio de un maremoto estaba cercano a zozobrar. Por un momento no sabíamos dónde nos encontrábamos y el miedo atenazaba cualquier pensamiento juicioso. El dolor eran altas olas con cresta de sangre espumosa y nuestros gritos meros susurros en medio de un viento que nos dejaba sordos. Y de pronto vimos su luz. La señal de un faro que emergía en medio de la penumbra y que señalaba hacía el puerto de la dignidad. Por fin, recobramos nuestra compostura, nos serenamos y nos comimos las lágrimas. Sus pañuelos nos sirvieron de velas y su ejemplo de brújula. Había dolor, pero en medio del calvario nos llegó la fuerza para enderezar nuestro rumbo.


Tengo muy dentro el recuerdo de aquellos días, los detalles de toda aquella confabulación para mantenernos como una familia inofensiva que llora escondida dentro de las paredes de su casa. Vuelven a mí con renovada actualidad, las mentiras de los amigos de los asesinos de mi hermano, la confusión que adrede nos provocaba el gobierno español cuando repetían cual papagayos, las mentiras de sus amos.


Pasamos unos días de tortura sin saber dónde se encontraba el cadáver de José y en esos momentos que parecían no acabarse nunca, comprendimos en toda su dimensión, lo que sentían y sienten las familias de los desaparecidos. El dolor mudo, la incertidumbre sin fin de no saber como cerrar la herida.


El día en que recibíamos a José o a lo que nos dejaron de él, decidimos usar por primera vez unas camisetas negras con la leyenda “José Couso Crimen de Guerra. Investigación y Justicia” que se convirtieron desde ese momento en nuestro pañuelo, que como el de las madres, nos acompañaría en esta dura singladura de dignidad, como señal de duelo y de lucha.


Por eso quería empezar con esas definiciones de diccionario. Ellas, nuestras madres eternas, son, como leemos en la primera de las definiciones, faro en el sentido de señalar la dirección en medio del vendaval y también, como reseña la cuarta explicación, son faro mostrando modelos de conducta y de inteligencia.


Hoy, cuando el faro de la Plaza de Mayo cumple treinta años señalando que sólo la lucha, la dignidad y la constancia son la ruta que lleva a la Justicia, otra luz más joven, desde la calle Serrano de Madrid, enfrente de la Embajada de los Estados Unidos de América, se une al resplandor de los que ni se venden ni se rinden.


Autor: Javier Couso

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